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jueves, 3 de agosto de 2017

Acta est fabula

Imagen de Fabián Todorovic Karmelic

La distancia suele distraer la mente y engañar a los sentidos, acaso así el Sr. Mostaza pretendía olvidar su pasado, aunque el día que volvió a París la vida no pudo menos que enfrentarle a su destino. La casa lucía bastante descuidada. Las hojas secas y los periódicos que tapizaban el jardín dejaban claro que habían pasado ya varios días sin su presencia.

Hacía tan sólo 3 semanas que habían avisado a la casera y el adiós parecía tan lejano que probablemente el Sr. Mostaza no lo lamentaría. Si el acuerdo se había cumplido, Tamara estaría desde hacía 13 días en los límites de la ciudad con todas las cosas que alguna vez compartieron y que ahora, por algún extraño designio, sólo le pertenecían a ella. La promesa de no encontrarse y de retirar a solas las cosas estrictamente personales y con más valor sentimental que monetario, hicieron que el Sr. Mostaza retrasara su llegada. Ese día, inconscientemente tomó su gastada chamarra de piel y las llaves de la otrora su casa, de las que pendía la mitad de un llaverito de esos que tienen dos piezas y que al juntarlas completan la frase “te amo”.

Esto será rápido, repetía para sí, y aunque no sin un ligero escalofrío abrió la puerta. La escena parecía la de un crimen: pedazos de lo que antes fue una vajilla regados en el piso (probablemente estaban ahí desde la última pelea), los estantes vacíos, las paredes desnudas. Encontró en la mesita de centro sobres vacíos de cartas viejas y fotos arrancadas de sus álbumes. Pensó que si eso fuera una película, él seguiría avanzando y en algún momento, al abrirse la toma, encontraría en el rincón de la ventana un cuerpo inerte, con la ropa raída; quizás bañado en sangre, quizás con un último gesto de asombro, de incredulidad tal vez.

Tras dar algunos pasos una idea le asaltó fulminante: ¿Y si Tamara se llevó no sólo mis cosas sino mis recuerdos? ¿Y si entre las fotos viejas se llevó mi pasado? ¿Y si en las cartas se llevó mi voz y mis letras? ¿Y si entre sus cosas se ha llevado mi vida? Inerte, con un gesto de asombro en el rostro se sentó en el rincón que daba a la ventana. El Sr. Mostaza comprendió entonces su destino: Ella no había regresado por sus cosas. Había regresado a matarlo.

martes, 5 de enero de 2016

Devoción al miocardio

Siempre he sentido una extraña atracción por aquellas canciones cuyas letras resultan novedosas, extrañas, absurdas o morbosas. Claro que con el tiempo corren el riesgo de convertirse en lugares comunes, pero mientras son el centro de la censura resultan fascinantes. Pero contrario a mi percepción de lo novedoso, son las canciones con letras más melosas y comunes las que dominan las listas de popularidad.

¿Por que grupos como Maroon 5 o Coldplay son tan exitosos? ¿Cómo es que sus pegajosas letras como: "In darkness she is all I see/ come and rest your bones with me/that may be all I need/driving slow on Sunday morning and I never want to leave" no pasan de moda?

O ¿Como es que la pegajosísima "Yellow" de Coldplay irrumpió el escenario de la música pop en Inglaterra y en el mundo en aquel lejano año 2000 y hoy es parte del subconsciente colectivo? "Look at the stars, look how they shine for you..."

¿En que consiste su éxito y su permanencia? ¿En la simpleza de sus letras? ¿En la necesidad de los seres humanos de recordarse con frecuencia sus sentimientos? ¿En que todos nos sentimos solos?

No. La realidad es que son exitosas porque en este mundo, desde hace miles de años, existen muchas personas que se enamoran como loquitas cuando alguien les habla de estrellas; pero de estrellas, estrellas; de esas que los enamorados prometen a su Dulcinea, a cambio de la devoción exclusiva de su miocardio.

Me topé con su fantasma

Para nadie es un secreto: Me topé con su fantasma. Se me nota al hablar, al discutir, al dialogar. Mis palabras pueden sonar a lo mismo, pero tienen otro sentido, provienen de otro lugar.

Y es que he comprendido que no basta con llevarlo en la playera o en la gorra, donde desgraciadamente hoy descansa su mito. No basta con consumirlo. Por el contrario, hay que llevarlo en la voluntad inquebrantable, en el espiritu indomable, en la indignación por la injusticia. Hay que aprenderle su amor a la lectura, al conocimiento al servicio de todos, a la poesía, a la literatura. Hay que seguir su ejemplo de respeto al género humano y su conciencia clara de igualdad entre los hombres.

En una época carente de valores y de ideas, donde la política se vuelve la práctica de sublimar los intereses propios a costa de los estados y de enriquecer los bolsillos a costa de los pueblos, no está de más recurrir a su carácter sobrio y desinteresado. En una época donde el poder no se ejerce con dignidad e inteligencia, sino con atropellos y abusos, no está de más recurrir a su irreverencia, a su revolución.

Cuando lo que nos falta son ideales y lo que nos sobra son desencantos, hay que recuperarlo en todos los sentidos, con su estilo desenfadado y su carácter romántico, vagabundo, idealista, aventurero e igualitario.

Me topé con su fantasma porque, desde la loca parafernalia de la sociedad industrial, nos vigila. Porque más allá de toda parafernalia retorna y en era de naufragios es nuestro santo laico. Porque casi cuarenta años después de su muerte, su imagen cruza generaciones y su mito pasa correteando en medio de los delirios de grandeza del neoliberalismo. Irreverente, burlón, terco, moralmente terco, inolvidable.

Me topé con su fantasma. Con el fantasma del Che.


Hasta la victoria siempre.

viernes, 4 de mayo de 2012

De cómo (no) conocí a Monsivais

El 4 de agosto de 1999 es una fecha memorable para las anécdotas futboleras: esa noche en la cancha del Azteca México ganó la Copa Confederaciones con una gran actuación de Cauhtemoc Blanco y, permítaseme decirlo, un gran baile a la selección brasileña.

Horas antes del juego yo me encontraba en la inauguración de una librería financiada por la divertida empresa para la que entonces trabajaba. Entre una serie de personalidades del ámbito académico y cultural asistentes al evento destacaban dos: Homero Aridjis y Carlos Monsivais. Tras cortar el listón, Monsivais improvisó un discurso sobre el mérito de abrir una librería en una época tan difícil y en un país donde la lectura no es un hábito.

Tras la ceremonia tuve la fortuna de estar en el pequeño grupo que se acercó a Monsivais a brindar. Él, siempre lúcido, hablaba y nosotros escuchábamos. Debe ser difícil no tener interlocutor. Me aparté por un rato y volví con la firme convicción de comenzar una conversación inteligente o de al menos darle motivo para deleitarnos con su elocuencia. Mosivais había desaparecido entre el tumulto y la parlotería. Ya no lo encontré.

Dicen que era homosexual. Dicen que adoraba a los gatos. Dicen que era un genio.

jueves, 12 de abril de 2012

Yo soy la morsa


 Siempre le gustaron las librerías de viejo. El inconfundible olor a guardado y el singular caos que guardan hacían que su mente enfrentara los conceptos fundamentales del universo ordenado y sistemático de la Biblioteca de Babel. No sólo le movía la infinita emoción que le generaba hurgar en cada pila, sino la certeza de que en alguna de ellas el caótico cosmos le entregaría en sus manos el libro de todos los libros, el cuento de todos los cuentos.

Aquella noche el Señor Mostaza despertó de cara a un libro. Sin saber siquiera donde estaba, volteó la mirada hacia donde el reloj marcaba las nueve con veinte. -He perdido mucho tiempo-, se reclamó a sí mismo. Buscaba desde hacía varios días un Tratado Fundamental de Budismo, una edición extraña (de un autor aún más) que el encargado juraba haber recibido meses atrás.

Habían pasado muchas noches desde que Niebla le hizo pensar que los personajes de las novelas conviven con los llamados seres reales cuando en algún febril momento la realidad se funde con la fantasía. Mostaza se divertía pensando que, en todo caso, no se puede saber quien es más real, si Augusto Pérez o Unamuno o si Juan Dahlmann o Borges. Esa noche estaba dispuesto a comprenderlo: el ki y la posibilidad de que un hombre sea todos los hombres a la vez (“I am he as you are he as you are me and we are all together...”)

Pasó la noche concentrado en su búsqueda frenética. Encontró el ki en el Tratado Fundamental de Budismo. Encontró que en Uqbar todos los cuentos son un solo cuento contado de mil y una formas. Supo por El Inmortal que Borges pudo ser Homero y que cualquier ciego puede ser Borges. Convencido de que el cosmos no podía engañarle y de que era posible cruzar el umbral de la realidad, tomó asiento, abrazó el libro que le había desvelado y repitió para sí: yo soy la morsa, yo soy la morsa, yo soy la morsa...

miércoles, 20 de abril de 2011

A propósito de Arreola: encontrar la cifra

Tal vez no tengas tiempo. La vida pasa a todo tren y la cotidianidad te absorbe, te urge, te secuestra.

No hay tiempo para pensar, para crear, para hacer, para deshacer. Estás en medio del caos, indefenso ante la avalancha de información y de sucesos y de carencias. Fuiste arrojado a un mundo que no comprendes, que no dominas, que no logras descifrar. Como el hombre primitivo, te encuentras en un mundo controlado por fuerzas superiores e indiscernibles.

Tu abominable destino no lo marca esa angustia que te lleva a buscar la cifra -a descifrar-, sino tu renuncia a ser autodidacta, tu resignación a lo indescifrable y tu subordinación sin más a la ley de la costumbre, a hacer lo que debe hacerse sin saber siquiera por qué debe hacerse.

Se trata de que descifres, para lo cual, primero tienes que cifrar, dar forma a la experiencia y a los datos desnudos que te arroja el mundo. Tienes que encontrar la cifra para terminar con el amargo malestar de la vida moderna y sus afanes, sus ritos, sus jerarquías, sus prioridades.

La cifra, esa palabra ignota que resumiría y contendría todo el universo. La clave que terminaría con tu malestar cotidiano, con tu condición siempre precaria e inestable de no acabar de ser quien eres, de no saber quien eres y para que haces lo que haces.

La clave. Pero que más da, tal vez no tengas tiempo.

Al maestro Arreola, donde se encuentre.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Tiempo

Dividimos el infinito tiempo en porciones finitas, medibles, repetibles. Le damos esa forma circular con la única esperanza de darle sentido. Le hacemos cortes ficticios para sentir la recompensa del deber cumplido y la invaluable oportunidad de comenzar de nuevo. Dividimos el tiempo para poder lidiar con el desasosiego que provoca la eternidad. Feliz comenzar de nuevo. Feliz año nuevo.