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viernes, 20 de noviembre de 2020

El grito II - Nocturno grito

The Scream -Edvard Munch


Tengo miedo de mi voz

y busco mi sombra en vano.

¿Será mía aquella sombra
sin cuerpo que va pasando?
¿Y mía la voz perdida
que va la calle incendiando?

¿Qué voz, qué sombra, qué sueño,
despierto que no he soñado,
serán la voz y la sombra
y el sueño que me han robado?

Para oír brotar la sangre
de mi corazón cerrado,
¿pondré la oreja en mi pecho
como en el pulso la mano?

Mi pecho estará vacío
y yo descorazonado,
y serán mis manos duros
pulsos de mármol helado.


Xavier Villaurrutia

lunes, 16 de noviembre de 2020

El grito I - Nocturno en que nada se oye

 

                                                           The Scream -Edvard Munch

En medio de un silencio desierto como la calle antes del crimen
sin respirar siquiera para que nada turbe mi muerte
en esta soledad sin paredes 
al tiempo que huyeron los ángulos
en la tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre
para salir en un momento tan lento
en un interminable descenso
sin brazos que tender
sin dedos para alcanzar la escala que cae de un piano invisible
sin más que una mirada y una voz
que no recuerdan haber salido de ojos y labios
¿qué son labios? ¿qué son miradas que son labios?
Y mi voz ya no es mía
dentro del agua que no moja
dentro del aire de vidrio
dentro del fuego lívido que corta como el grito
Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro
cae mi voz
y mi voz que madura
y mi voz quemadura
y mi bosque madura
y mi voz quema dura
como el hielo de vidrio
como el grito de hielo
aquí en el caracol de la oreja
el latido de un mar en el que no sé nada
en el que no se nada
porque he dejado pies y brazos en la orilla
siento caer fuera de mí la red de mis nervios
mas huye todo como el pez que se da cuenta
hasta ciento en el pulso de mis sienes
muda telegrafía a la que nadie responde
porque el sueño y la muerte nada tienen ya que decirse.

                                                      Xavier Villaurrutia


jueves, 4 de mayo de 2017

Los caprichos de un mecenas



Ser mecenas no es cosa fácil. Apostarle al arte por el arte mismo sin esperar otra cosa que la satisfacción proveniente de los aplausos al artista es algo incomprensible para la mente mundana.

Ser mecenas de una obra censurada hace 160 años parece necedad, error o pecado. Debe ser el mismísimo Satán empuñando a su antojo los hilos que mueven las voluntades y los caprichos del alma. Alma sutilmente enferma de tedio y decepción por lo vacuo del internet y lo efímero de su expresión. Los caprichos de un mecenas, diría Gómez de Rueda.

La felicidad de los malos saca del subconsciente colectivo los poemas censurados de Baudelaire en Las flores del mal y los traduce, los reinterpreta y sobre todo, los siente (conditio sine qua non para poder transmitir emociones). Pero no solo eso: hace una fiesta de imágenes, sonidos y voces que a la manera del Teatro Pánico los transforma en entes vivos, orgánicos, íntimos y dotados de personalidad propia.


El artista hizo su trabajo. El mecenas el suyo. Al lector le queda la mejor parte: revolcarse en el placer o en el dolor o en el pecado que el arte produce. ¡Revuélquese pues hipócrita lector!  mi semejante, mi hermano.


viernes, 29 de julio de 2016

En el fin del mundo - Jorge Esquinca


Déjame nadar en ti, hundirme
en ti, contigo, hasta la estrella
de cuarzo de tus labios, en su latido.

Déjame respirar el agua mansa,
esa en que te conviertes cuando nadas
y vas a la deriva de ti, a la orilla de mi voz.

Déjame en el oxígeno
de tu axila, en el páramo de agua
donde abres los ojos hacia mí, poseída.

Déjame ver con tus ojos de agua,
cantar con tus costillas tenues,
tu garganta abisal, tu cintura rauda.

Déjame nadar un instante en el cardumen
de tus manos abiertas sobre un cielo
sin nombre. Tus manos huérfanas, inasibles.

Déjame hundirme entero. No volveré
a caminar sobre tu cuerpo de agua.
Quiero caer hasta el fondo, hasta lo informe.
Déjame entrar en esa noche primitiva,
en el fermento puro del agua,

en el fin del mundo, en el comienzo de ti.

martes, 5 de julio de 2016

Amanuense de Arreola

AMANUENSE DE ARREOLA
Por José Emilio Pacheco
1
“Fue amanuense de Arreola”, dice la nota con la que Christopher Domínguez Michael me presenta en la Antología de la narrativa mexicana del siglo xx. Esa línea me sorprendió cuando la leí en 1990. Nunca oculté la historia, aunque tampoco hice nada por difundirla, y me llamó la atención el que pudiera saberla alguien nacido cuatro años después de los acontecimientos. Ya impresa, no me pareció indiscreto divulgarla dentro de un homenaje a Juan José Arreola en la Universidad de Guadalajara (1992). Él estaba presente y añadió datos que yo ignoraba o había olvidado.
Todo se resume en una frase: Bestiario, obra maestra de la prosa mexicana y española, no es un libro escrito: su autor lo dictó en una semana. Otros hubiéramos necesitado de muchos borradores para intentar aproximarnos a lo que en Arreola era tan natural como el habla o la respiración. A la distancia de los años transcurridos, esta inmensa capacidad literaria me admira tanto como entonces. Algunos de sus textos, si la memoria no miente, son anteriores a esos días de diciembre de 1958: “Prólogo”, “El sapo”, “Topos”, y quizás haya alguno posterior como “Ajolotes”. Sin embargo, la mayoría resuena en mi interior como los escuché por primera vez, los escribí con pluma Sheaffer de tinta verde y los pasé a una máquina Royal para que Arreola les diera forma definitiva:
“El gran rinoceronte se detiene. Alza la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería. Embiste como ariete, con un solo cuerno de toro blindado, embravecido y cegato, en arranque total de filósofo positivista.”
Tenía 15 años cuando descubrí a Arreola en las clases de José Enrique Moreno de Tagle, maestro de tantos escritores mexicanos que hemos sido ingratos con él, a diferencia de los alumnos de Erasmo Castellanos Quinto. Moreno de Tagle nos dictaba una página diaria de la mejor prosa y nos incitaba a leer el libro completo. En la lejanísima librería del Fondo, que estaba en el campo entre México y Coyoacán y frente a un paisaje de vacas y de burros, adquirí Confabulario y Varia invención en un solo volumen.
2
Nunca pensé en conocer a Arreola. La literatura ocurría en un ámbito inalcanzable, al que sólo era posible asomarme gracias a México en la Cultura y la Revista de la Universidad. En 1956 lo vi de lejos: en el Teatro del Caballito, dentro de los programas de Poesía en Voz Alta, representó el papel de Rapaccini en la obra de Octavio Paz dirigida por Héctor Mendoza. Tiempo después Carlos Monsiváis leyó algunos de mis cuentos aparecidos en publicaciones estudiantiles y me dijo:
—Deberías llevárselos a Arreola. Va a publicar una nueva serie para jóvenes: los Cuadernos del Unicornio.
—No me atrevo. Me da pena.
—Yo hago una cita y te presento.
Nunca ha dejado de asombrarme nuestra irresponsabilidad. Un niño o una niña pasan una década de cinco horas diarias ante el piano antes de atreverse a dar un concierto para los amigos de su familia. Nosotros hacemos un primer intento y nos empeñamos en que nos publiquen, nos elogien y de ser posible hasta que nos paguen.
No iba yo a ser la excepción a la regla. Fui a la cita en un café que ya no existe en Melchor Ocampo. Monsiváis no llegó pero a los 20 minutos apareció Arreola con su hijo Orso, que entonces era muy pequeño. No me quedó más remedio que autopresentarme. Aunque desde niño había conocido a escritores como José Vaconcelos y Juan de la Cabada, me desconsoló que, en la tarde de calor, Arreola pidiera un Squirt. Yo suponía que un artista como él sólo tomaba vino de Chipre o algo semejante.
Era un secreto a voces que Arreola corregía los originales publicados en sus series. Esperé que, fiel a su costumbre, convirtiera mis ineptitudes en prosa memorable. Le di un fólder con dos cuentos: “La sangre de Medusa” y “La noche del inmortal”. Los leyó. Al terminar, me dijo:
—De acuerdo. Los publico.
—No sabe cuánto se lo agradezco. Pero, maestro, debe de haber muchos errores. Le suplicaría que, si no le es molestia, usted me hiciera el favor de revisarlos.
—No hay nada que corregir. Están perfectos.
Se levantó y se fue con Orso. El precio de la no-corrección de Arreola lo he pagado durante muchos años. En noviembre de 1958 La sangre de Medusa apareció tal y como la escribí, sin la mano redentora del maestro, y junto a los Sonetos de lo diario de Fernando del Paso. Desde entonces no he cesado de intentar los cambios que Arreola pudo haberme hecho aquella tarde.
3
Monsiváis me explicó después:
—Lo siento. La cita fue un desastre. Le caíste muy mal a Arreola. Si no metió mano a tus cuentos fue, como es obvio, porque no le gustaron y no cree que valga la pena publicarlos.
El rechazo no me desalentó más de lo debido. Era algo frecuente por parte de las muchas pequeñas revistas a las que mendigaba un poco de espacio y de atención. Me olvidé de aquellos cuentos y vi aparecer los cuadernos de mis amigos, como Sergio Pitol, Beatriz Espejo, Gastón Melo y Raymundo Ramos.
“Algún día”, confié. Y llegó el día en que Rubén Broido, que había estrenado durante nuestros años preparatorianos una de mis obritas de teatro, me llamó para decirme:
—Ya está tu Unicornio. Quedó precioso.
Rubén era en esos momentos secretario de Arreola, puesto en el que no tardaría en reemplazarlo Miguel González Avelar. Llegué al departamento de Elba y Lerma. Arreola había cambiado para conmigo y me aceptó como parte de ese taller informal que fue el verdadero punto de partida de nuestra generación.
4
Allí pasé mis 19 años, los últimos de la adolescencia. Como todos los adolescentes, pensaba que escribir era lo más fácil del mundo. Basta sentarse para tener en el plazo de una semana tres cuentos, ocho poemas, dos comedias, cinco artículos. Todo fluye, nada nos detiene. Cómo iba yo a entender algo para lo que entonces ni siquiera teníamos un nombre: el bloqueo, la angustiosa posibilidad de escribir que tarde o temprano llega para todos.
Arreola no cobraba un centavo por impartirnos su sabiduría. Dudo que hubiéramos podido pagárselo. Creo que su único sostén, aparte de los escasos derechos por sus libros, era la beca de 500 pesos que Alfonso Reyes había logrado que El Colegio de México diera a unos cuantos escritores. Llegó Daniel Cosío Villegas y suprimió las becas. Arreola se quedó sin ningún medio para mantener a su esposa, a sus dos hijas, Claudia y Fuensanta, a su hijo Orso y para el alquiler del departamento.
Con su invariable generosidad, ese otro protector de los escritores que siempre ha sido Henrique González Casanova, entonces director general de Publicaciones de la UNAM, acudió en auxilio de Arreola. Le compró los textos de un libro futuro que se iba a llamar Punta de plata por ser la técnica que empleó Héctor Xavier en sus hermosos dibujos de animales.
Héctor Xavier, gran dibujante, murió en el olvido y la miseria. En los sesenta y los setenta lo visité en el edifico de Holbein donde muchas veces estaba en compañía de José Revueltas, tan pobre como él. Me pregunto si alguna vez Héctor Xavier será rescatado, si hallará admiradores que hagan con él lo que otros hicieron por Revueltas.
La ciencia ya no digamos de acumular, sino de retener el dinero no le fue dada a Arreola. Compraba y regalaba objetos indispensables por inútiles. Como Fernando Benítez, adquiría libros caros y en seguida se molestaba si no los aceptábamos como obsequio. Además nos daba vinos y quesos franceses (por mucho tiempo nuestro único alimento). El adelanto, que era el pago total de la edición, se agotó en poco tiempo. Vencieron uno tras otro los deadlines, los últimos plazos para la entrega, y del libro no había una sola línea.
Ahora comprendo la angustia de Arreola. Mientras más perentoria es la urgencia de entregar un texto más imposible se vuelve el sentarse a escribirlo. Se han publicado volúmenes enteros para explicar el llamado writer’s block. Todas las explicaciones son plausibles y ninguna satisfactoria: temor al rechazo, deseo de perfección, ansiedad de no estar a la altura de lo que se hizo antes, auto-castigo al privarnos de la actividad que más satisfactoria nos resulta… Las hipótesis no tienen fin.
Edmund Wilson dice: No se debe tener piedad con el escritor que no escribe. Todo es una falla del carácter y de la voluntad y no merece clemencia ni mucho menos elogio. Me parece que el bloqueo es una situación infernal, el precio que pagamos por habernos dedicado a escribir, y no me atrevo a censurar a nadie que se encuentre en esas arenas movedizas.
5
La tienda de ultramarinos ya no fió más. Se acabaron los Beaujoloais y el Camembert y hasta los bolillos y teleras. La alimentación se ciñó a tostadas de camarón seco, eso sí, las mejores tostadas de camarón seco que se han hecho en el mundo, obras maestras de Sara, la esposa de Arreola. Con los elementos más sencillos, y entonces más baratos, Sara lograba prodigios estilísticos que encantaban también a Juan Rulfo.
En la última década de su vida viajé a muchas partes con Rulfo. Ya teníamos algo de dinero y podíamos ir a restaurantes. Nunca lo vi comer con el deleite con que devoraba (verbo que parece tan extraño aplicado a Rulfo) las tostadas de Sara. Con 20 y más años de retraso, muchas veces comentamos nuestra inconsciencia irreparable: al engullir los prodigiosos milagros de camarón, despojábamos de su alimento a toda la familia de Arreola.
6
Contra lo que se supone, el bloqueo no es la imposibilidad de escribir, sino de sentarse a hacerlo. El último plazo vencía el 15 de diciembre de 1958. A pesar de todos los esfuerzos de Henrique González Casanova, si Arreola no entregaba los textos, la administración de la UNAM exigiría por medio de sus abogados que devolviera el adelanto.
Cuando Rubén Darío estaba en malas condiciones algunos amigos generosos, como Amado Nervo, le escribieron sus crónicas para La Nación de Buenos Aires, indispensables para su sobrevivencia. Pero nadie, y yo menos que nadie, podía escribir como Arreola, por Arreola, para Arreola.
Ya no recuerdo si la idea fue mía o de Vicente Leñero, Eduardo Lizalde o del propio Fernando del Paso, a quien 35 años después Arreola iba a dictarle en Guadalajara el primer tomo de sus Memorias. Sea como fuere, el 8 de diciembre, ya con el agua al cuello, me presenté en Elba y Lerma a las nueve de la mañana, hice que Arreola se arrojara en su catre, me senté a la mesa de pino, saqué papel, pluma y tintero y le dije:
—No hay más remedio. Me dicta o me dicta. Arreola se tumbó de espaldas en el catre, se tapó los ojos con la almohada y me preguntó:
—¿Por cuál empiezo?
Dije lo primero que se me ocurrió:
—Por la cebra.
Entonces, como si estuviera leyendo un texto invisible, el Bestiario empezó a fluir de sus labios: “La cebra toma en serio su vistosa apariencia, y al saberse rayada, se entigrece. Presa de su enrejado lustroso, vive en la cautividad galopante de una libertad mal entendida”.
Y así, el 14 de diciembre escuché el final del libro: “Para el macho que tiene sed, el camello guarda en sus entrañas rocosas la última veta de humedad; para el solitario, la llama afelpada, redonda y femenina, finge los andares y la gracia de una mujer ilusoria”.
Henrique González Casanova recibió el manuscrito el día señalado. A comienzos de 1959 la UNAM editó Punta de plata con los dibujos de Héctor Xavier. El Bestiario se incorporó a la obra de Juan José Arreola. En mi feliz ignorancia no pensé en la historia literaria ni en los archivos. Destruí los originales a medida que los iba pasando la máquina, mientras Arreola jugaba ajedrez para compensarse del esfuerzo. Tampoco se me ocurrió rescatar de la imprenta las hojas que contenían sus modificaciones manuscritas.
Gracias a esos días finales de 1958 siento que mi paso por la tierra quedó justificado. Cuando entre al infierno y los demonios me pregunten: —Y usted, ¿qué fue en la vida?, podré responderles con orgullo: —Amanuense de Arreola.
[Publicado en Gunther Stapenhorst (México, Aldus, 2002) de Juan José Arreola con presentación de José Emilio Pacheco y entrevistas de Antonio Alatorre y Eduardo Lizalde.]

lunes, 4 de julio de 2016

Las flores del mal - Traducción de José Emilio Pacheco


Sobre Baudelaire: un ensayo y ocho aproximaciones
LAS FLORES DEL MAL Y LAS FLORES DEL MALL
El prodigio de volver a escribir un poema en otra lengua es tan extraordinario como la concepción original. Tomó cincuenta años a José Emilio Pacheco afinar el metro y la rima de los ocho poemas que presentamos a continuación, los cuales forman parte de Les fleurs du mal (1857), libro en el que Charles Baudelaire volcó su capacidad creadora, debatiéndose entre el spleen y el ideal, ante el shock de las máquinas, la multitud amorfa y el instante, para inaugurar, junto con Gustave Flaubert, la era de la literatura moderna.
En 1857, hace siglo y medio, Charles Baudelaire y Gustave Flaubert fueron llevados ante la justicia con pocas semanas de diferencia por la publicación de Les fleurs du mal y Madame Bovary. Habían nacido en el mismo 1821, como Dostoievski, eran amigos y admiraban sus respectivas obras.
La condena de estos dos libros bajo el cargo de inmoralidad señala el comienzo de la literatura moderna. Se discute quién fue el primero en emplear la palabra modernidad, si Edmond de Goncourt en 1857 o el propio Baudelaire dos años después.
El sesquicentenario coincide con la edición definitiva en español del Libro de los paisajes (Akal, Madrid, 2007), la gran obra inconclusa de Walter Benjamin que ha llegado a ser más conocida por su resumen, París, capital del siglo XIX [que JEP tradujo y Librería Madero publicó en una edición no venal en 1971]. Para Benjamin, Las flores del mal, último libro de la poesía europea que tuvo éxito masivo, surgió de la experiencia hostil y enceguecedora en la época de la gran industria: el shock del encuentro con la multitud amorfa que pasa por las calles de la ciudad.
Como ella y como el obrero al servicio de las máquinas, Baudelaire es un hombre despojado de su experiencia: un moderno. Su obligación es comenzar siempre de nuevo. Se debate entre el spleen (lo que entonces llamaban “tedio”, un tedio que no es sinónimo de aburrimiento y en términos contemporáneos sería más bien la depresión) y el ideal que tiene la fuerza de los recuerdos.
El spleen opone al ideal la horda de los segundos. Es el emperador de los segundos, así como el Demonio es el Señor de las Moscas. Expone en toda su desnudez la experiencia vivida. Ningún aliento de prehistoria la circunda, ningún aura. Baudelaire se vuelve contra la multitud. Lo hace con la cólera impotente de quien se lanza contra el viento y la lluvia. Muestra el precio al que se conquista la sensación de la modernidad: la disolución del aura a través de la experiencia del shock.
La desconsolada vida de los habitantes de la gran ciudad a la que transforma el progreso industrial, encarna en el flâneur, el paseante que vaga sin rumbo por las avenidas, los bulevares y los pasajes, primeros malls de la historia, primeros almacenes que aprovechan la misma flânnerie para vender sus mercancías. (Aquí debe pensarse en la distinción que hace Eugenio Montejo: la ciudad moderna de Baudelaire no es la ciudad contemporánea: en aquella aún no existían los automóviles.)
Con el flâneur el intelectual se dirige al mercado. Cree que es para observarlo cuando en realidad es ya para encontrar un comprador. En la fase intermedia, cuando el escritor aún tiene mecenas pero empieza ya a familiarizarse con el mercado, aparece la bohemia. A su imprecisa posición económica corresponde su no menos imprecisa función política. La poesía de Baudelaire se inclina del lado de los asociales y obtiene su fuerza de esta rebeldía.
Las únicas relaciones perdurables que tuvo Baudelaire fueron con Jeanne Duval (la “Vénus Noire”, nacida en Haití) y con Apollonie Sabatier (la “Vénus Blanche”). Apolonia tenía un salón literario sólo frecuentado por hombres, y Theóphile Gautier, el autor de Émaux et cammées a quien Baudelaire dedica Las flores del mal, le dirigió su célebre Lettre á la Présidente que suele circular en series dedicadas a la pornografía. Sin embargo, su amigo el gran fotógrafo Nadar afirma que Baudelaire jamás consumó el acto sexual con ninguna de las dos. Las imágenes de la mujer y de la muerte se mezclan en la poesía de Baudelaire con la imagen de París. El París de Baudelaire es una ciudad hundida y más submarina que subterránea. Allí la modernidad revienta el ideal y lo transforma en spleen.
Para Walter Benjamin, que escribió sobre Baudelaire en la etapa ascendente del nazismo (1933-1940), Las flores del mal son la última obra de poesía lírica que ha tenido resonancia europea: ninguna obra posterior ha trascendido los límites de un círculo lingüístico más o menos limitado. A ello debe añadirse que Baudelaire ha volcado su capacidad creadora casi exclusivamente en este libro. Y no puede negarse que algunos de sus temas vuelven problemática la posibilidad misma de la poesía lírica. (José Emilio Pacheco)
***
Ocho poemas de Charles Baudelaire
Versiones de José Emilio Pacheco
La cabellera
Manantial que se encrespa y llega a la cintura
en perfumes y rizos. El desvelo ha marcado
la región donde brota la cálida ventura.
El recuerdo se duerme sobre este río extasiado
que destella en el aire como un astro incendiado.
Alto país de sombra, pradera calcinada,
orbe oscuro y radiante o sol ennegrecido
en tinieblas y abismos, negra joya aromada:
si el alma de los otros en la música nada
mi corazón inerme en tu pelo ha dormido.
Caminaré hasta el sitio de cuerpos vegetales
donde la savia enciende las feroces pasiones.
Que tus trenzas sean olas, impulsos torrenciales.
Naveguen, mar de ébano, mis sueños las visiones
de mástiles, remeros, negras embarcaciones.
Para mí eres la playa en que el alma ha tomado
las aguas del sonido, el perfume, el color;
en donde los navíos sobre el tapiz salado
del mar sueltan las velas ante un desaforado
cielo oscuro en que vibra un eterno calor.
Dichosamente herido, hundiré la cabeza
en ese océano bruno que al mar ha encarcelado.
y mi espíritu roto, sangrante y destrozado
podrá gozar de nuevo la terrible belleza,
el combate y la dicha del amor recobrado.
Tus cabellos azules, tinieblas desatadas,
me devuelven al cielo que por negro azulea.
Allí en sus confluencias, lianas entrelazadas,
me dominan y anegan las nubes hechizadas
del aceite de coco, el almizcle y la brea.
Amada, eternamente mi mano en esa altiva
región que es tu cabello sembrará mil diamantes
para que mi deseo no rehúses esquiva.
Eres sombra y ensueño y puerto de embriagantes
licores que enardecen nuestra dicha nociva.
El albatros
Por divertirse, a veces, los crueles marineros
derriban un albatros, gran pájaro nevado.
Él sigue desde el cielo los azules senderos
de las naves que surcan el desierto salado.
Inerme, escarnecida, derribada en cubierta
la inmensa ave marina, blanca y avergonzada,
mueve sus tristes alas en una danza muerta,
como inútiles remos de una nave encallada.
Qué triste y desvalido se halla el viajero alado,
tan hermoso y tan ágil cuando reina en el cielo.
Los infames marinos el pico le han quemado
y rengueando se burlan de su inválido vuelo.
El poeta recuerda a ese rey abatido
que tormentas y flechas ha logrado esquivar.
Entre burlas y risas al suelo reducido,
sus alas de gigante le impiden caminar.
Sed non satiata
Extraña diosa bruna, semejante a la noche
y al aroma mezclado de almizcle y de tabaco.
Obra de algún conjuro, engendro demoníaco,
calcinada hechicera, ser de la medianoche.
No quiero opio ni sombras ni brebajes: ansío
el vino de tu boca donde el amor es llama.
hacia ti mis deseos parten en caravana.
Tus ojos son dos pozos en que bebe mi hastío.
En esos grandes ojos que anhela quien te ama,
oh demonio insaciable, me devora tu llama,
el fuego que robaste al cielo y el infierno.
Si este placer prohibido tiene un castigo eterno,
es un precio que vale la dicha de tenerte
y fundir en tu abrazo el amor y la muerte.
El vampiro
Tú, como una puñalada,
entraste en mi corazón,
eemejante a una legión
que se agita endemoniada.
En mi espíritu humillado
fincaste tu residencia.
Y me oprime tu presencia
como cadena al forzado.
Como al tahúr la baraja,
como al ebrio una botella;
gusano que al muerto mella
y maldición que lo ultraja.
Rogué a un veneno mortal
que de ti me separara,
y también que te matara
le supliqué a mi puñal.
Los dos, en complicidad,
mi petición rechazaron:
“No mereces”, afirmaron,
“el goce de libertad”.
“Pues si muerta la encontraras,
inerte y ya sin respiro,
a besos resucitaras
su cadáver de vampiro.”
Los gatos
Los amantes ardientes y los sabios austeros
aman del mismo modo, cuando la edad declina,
al gato fuerte y dulce, maravilla felina,
que en la sala se esconde de los fríos traicioneros.
Amigos de la ciencia y la voluptuosidad,
indagan el silencio y el horror de lo oscuro.
Seguirían del Erebo el fúnebre conjuro
si algún amo pudiera vencer su vanidad.
Adoptan mientras duermen las nobles posiciones
de las pétreas esfinges que en la arena desierta
sueñan el sueño insomne de quien nunca despierta.
En sus flancos fecundos duermen constelaciones.
y partículas de oro, haces de magia incierta,
encienden sus pupilas con místicas visiones.
Obsesión
Grandes bosques: me espantan como las catedrales;
como órganos aúllan. El corazón maldito
—cripta de eterno luto y de ecos funerales—
oye su De profundis, su dolor infinito.
Océano, te aborrezco. Tus olas y tumultos
se duplican en mi alma. Y la risa inclemente
del hombre derrotado a quien cercan insultos
suena como la risa del oleaje doliente.
Noche, me encantarías sin tus abominables
astros que con luz hablan una lengua callada.
Porque anhelo el vacío, la oscuridad, la nada;
Y las sombras dibujan los cuadros imborrables
donde habitan los seres de que está hecha mi vida
y me observan ahora desde su eterna huida.
A la que pasa
La avenida estridente en torno de mí aullaba.
Alta, esbelta, de luto, en pena majestuosa,
pasó aquella muchacha. Con su mano fastuosa
casi apartó las puntas del velo que llevaba.
Ágil y ennoblecida por sus piernas de diosa,
me hizo beber crispado, con un gesto demente,
en sus ojos el cielo y el huracán latente,
el dulzor que fascina y el placer que destroza.
Relámpago en tinieblas, fugitiva belleza,
por tu brusca mirada me siento renacido.
¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno olvido?
¿Jamás, lejos, mañana?, pregunto con tristeza.
Nunca estaremos juntos. Ignoro adónde irías.
Sé que te hubiera amado. Tú también lo sabías.
Recogimiento
Cálmate, dolor mío, y tu angustia serena.
Anhelabas la noche. Ya desciende. Aquí está.
Una atmósfera oscura cubre a París. Traerá
a unos cuantos la paz, a otros muchos la pena.
Mientras la muchedumbre que se rinde al placer
—su verdugo inclemente— por las calles anhela
cazar remordimientos bajo la noche en vela,
tú, dolor, ven a mí. Dame la mano al ver
que es posible escaparse de los ya muertos años.
con sus antiguos trajes en el balcón celeste
ya brotan, como salen del mar los desengaños,
cuando el sol, bajo un arco, se muere en lontananza.
ahora, tal un sudario que desciende del este,
observa, mi dolor: la inmensa noche avanza.
Publicado el 12 de enero de 2007 en el suplemento Confabulario de El Universal.
fuente:  http://revistaliterariaazularte.blogspot.mx/2007/12/jos-emilio-pacheco-las-flores-del-mal-y.html

viernes, 29 de abril de 2016

Despedida - Gabriel Zaid


A punto de morir,
vuelvo para decirte no sé qué
de las horas felices.
Contra la corriente.
No sé si lucho para no alejarme
de la conversación en tus orillas
o para restregarme en el placer
de ir y venir del fin del mundo.
¿En qué momento pasa de la página al limbo,
creyendo aún leer, el que dormita?

La corza en tierra salta para ser perseguida
hasta el fondo del mar por el delfín,
que nada y se anonada, que se sumerge
y vuelve para decir no sé qué.

Prueba de Arquímedes - Gabriel Zaid


Si te hundiera en una tina,
vería el volumen que desplazas.
Si te colgara de un pie,
hasta qué punto eres un bulto.
Estoy perplejo porque eres.
Porque eres eso, eso y más que eso.
¿Acabaré de entenderte?
Te muerdo y sólo te desprendo un grito.
Te aprieto y vuelas en una carcajada.
¿Dónde está el alma, dicen los cirujanos?
¿Quién eres tú, digo yo?
Me fui de bruces en tus ojos.
No tenían fondo.

martes, 5 de abril de 2016

Las letanías de Satán - Charles Baudelaire



¡Oh tú!, el más sabio y el más hermoso de los Ángeles,
Dios traicionado por la suerte y privado de alabanzas,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


¡Oh, Príncipe del exilio al cual se ha agraviado,
Y que, vencido, siempre te yergues más fuerte!

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que sabes todo, gran rey de las cosas subterráneas,
Curandero familiar de las angustias humanas,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que, aun a los leprosos, a los parias malditos
Enseñas por el amor el gusto del Paraíso,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


¡Oh, tú, que de la muerte, tu vieja y fuerte amante,
Engendras la Esperanza, —una loca encantadora!

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que infundes al proscripto esa mirada serena y altiva
Que condena todo un pueblo alrededor de un patíbulo,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que sabes en qué rincones de las tierras envidiosas
El Dios celoso oculta las piedras preciosas,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú, cuya clara mirada conoce los profundos arsenales
Donde duerme sepultado el pueblo de los metales,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

Tú, cuya larga mano oculta los precipicios
Al sonámbulo errante en el borde de los edificios,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que, mágicamente, ablandas los viejos huesos
Del borracho retardado hollado por los caballos,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que, para consolar al hombre débil que sufre,
Nos enseñas a mezclar el salitre y el azufre,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que pones tu impronta, ¡oh!, cómplice sutil,
Sobre la frente del Creso implacable y vil,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que pones en los ojos y el corazón de las rameras
El culto de la llaga y el amor de los andrajos,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Báculo de los exiliados, lámpara de los inventores,
Confesor de los ahorcados y de los conspiradores,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Padre adoptivo de los que en su negra cólera
Del paraíso terrestre arrojó Dios Padre,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


PLEGARIA



¡Gloria y alabanza a ti, Satán, en las alturas
Del Cielo, donde tú reinas, y en las profundidades
Del Infierno, donde, vencido, sueñas en silencio!
Haz que mi alma un día, bajo el Árbol de la Ciencia,
Cerca de ti repose, a la hora en que sobre tu frente
Como un Templo nuevo sus ramas se desplieguen!

La metamorfosis del vampiro - Charles Baudelaire



La mujer, entretanto, de su boca de fresa,
Retorciéndose cual una serpiente sobre las brasas,
Y estrujando sus pechos en la cárcel de su corsé,
Dejó correr estas palabras impregnadas de almizcle:
—"Yo, yo tengo los labios húmedos, y conozco la ciencia
De perder en el fondo de un lecho la antigua conciencia.
Yo enjugo todas las lágrimas sobre mis senos triunfantes,
Y hago reír a los viejos con risa de niños.
¡Reemplazo, para el que me ve desnuda, y sin velos,
La luna, el sol, el cielo y las estrellas!
Yo soy, mi sabio querido, tan docta en voluptuosidades,
Cuando ahogo un hombre entre mis brazos temidos,
O cuando abandono a sus mordeduras mi busto,
Tímida y libertina, y frágil y robusta,
¡Que sobre estos acolchados, desmayándose de emoción,
Los ángeles impotentes por mí se condenarían!"

Cuando hubo de mis huesos succionado toda la médula,
Y yo lánguidamente me volví hacia ella,
Para devolverle un beso de amor, ya no vi más
Que un odre con los flancos viscosos, ¡todo lleno de pus!
Cerré los dos ojos, en mi frío espanto,
Y cuando los reabrí a la claridad viviente,
A mi vera, en lugar del maniquí pujante
Que parecía haber hecho provisión de sangre,
Temblaban tan confusamente restos de esqueleto,
Que ellos mismos producían el sonido de una veleta
O de una muestra, al extremo del vástago de hierro,

Que balancea el viento durante las noches de invierno.

Bendición - Charles Baudelaire

Cuando, por un decreto de las potencias supremas,
El Poeta aparece en este mundo hastiado,
Su madre espantada y llena de blasfemias
Crispa sus puños hacia Dios, que de ella se apiada:

—"¡Ah! ¡no haber parido todo un nudo de víboras,
Antes que amamantar esta irrisión!
¡Maldita sea la noche de placeres efímeros
En que mi vientre concibió mi expiación!

Puesto que tú me has escogido entre todas las mujeres
Para ser el asco de mi triste marido,
Y como yo no puedo arrojar a las llamas,
Como una esquela de amor, este monstruo esmirriado,

¡Yo haré rebotar tu odio que me agobia
Sobre el instrumento maldito de tus perversidades,
Y he de retorcer tan bien este árbol miserable,
Que no podrán retoñar sus brotes apestados!"

Ella vuelve a tragar la espuma de su odio,
Y, no comprendiendo los designios eternos,
Ella misma prepara en el fondo de la Gehena
Las hogueras consagradas a los crímenes maternos.

Sin embargo, bajo la tutela invisible de un Ángel,
El Niño desheredado se embriaga de sol,
Y en todo cuanto bebe y en todo cuanto come,
Encuentra la ambrosía y el néctar bermejo.

El juega con el viento, conversa con la nube,
Y se embriaga cantando el camino de la cruz;
Y el Espíritu que le sigue en su peregrinaje
Llora al verle alegre cual pájaro de los bosques.

Todos aquellos que él quiere lo observan con temor,
O bien, enardeciéndose con su tranquilidad,
Buscan al que sabrá arrancarle una queja,
Y hacen sobre El el ensayo de su ferocidad.

En el pan y el vino destinados a su boca
Mezclan la ceniza con los impuros escupitajos;
Con hipocresía arrojan lo que él toca,
Y se acusan de haber puesto sus pies sobre sus pasos.

Su mujer va clamando en las plazas públicas:
"Puesto que él me encuentra bastante bella para adorarme,
Yo desempeñaré el cometido de los ídolos antiguos,
Y como ellos yo quiero hacerme redorar;

¡Y me embriagaré de nardo, de incienso, de mirra,
De genuflexiones, de viandas y de vinos,
Para saber si yo puedo de un corazón que me admira
Usurpar riendo los homenajes divinos!

Y, cuando me hastíe de estas farsas impías,
Posaré sobre él mi frágil y fuerte mano;
Y mis uñas, parecidas a garras de arpías,
Sabrán hasta su corazón abrirse un camino.

Como un pájaro muy joven que tiembla y que palpita,
Yo arrancaré ese corazón enrojecido de su seno,
Y, para saciar mi bestia favorita,
Yo se lo arrojaré al suelo con desdén!"

Hacia el Cielo, donde su mirada alcanza un trono espléndido,
El Poeta sereno eleva sus brazos piadosos,
Y los amplios destellos de su espíritu lúcido
Le ocultan el aspecto de los pueblos furiosos:

—"Bendito seas, mi Dios, que dais el sufrimiento
Como divino remedio a nuestras impurezas
Y cual la mejor y la más pura esencia
Que prepara los fuertes para las santas voluptuosidades!

Yo sé que reservarás un lugar para el Poeta
En las filas bienaventuradas de las Santas Legiones,
Y que lo invitarás para la eterna fiesta
De los Tronos, de las Virtudes, de las Dominaciones.

Yo sé que el dolor es la nobleza única
Donde no morderán jamás la tierra y los infiernos,
Y que es menester para trenzar mi corona mística
Imponer todos los tiempos y todos los universos.

Pero las joyas perdidas de la antigua Palmira,
Los metales desconocidos, las perlas del mar,
Por vuestra mano engastados, no serían suficientes
Para esa hermosa Diadema resplandeciente y diáfana;

Porque no será hecho más que de pura luz,
Tomada en el hogar santo de los rayos primitivos,
Y del que los ojos mortales, en su esplendor entero,
No son sino espejos oscurecidos y dolientes!"


Al lector - Charles Baudelaire

La necedad, el error, el pecado, la tacañería,
Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,
Y alimentamos nuestros amables remordimientos,
Como los mendigos nutren su miseria.

Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes;
Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones,
Y entramos alegremente en el camino cenagoso,
Creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas.

Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto
Que mece largamente nuestro espíritu encantado,
Y el rico metal de nuestra voluntad
Está todo vaporizado por este sabio químico.

¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven!
A los objetos repugnantes les encontramos atractivos;
Cada día hacia el Infierno descendemos un paso,
Sin horror, a través de las tinieblas que hieden.

Cual un libertino pobre que besa y muerde
el seno martirizado de una vieja ramera,
Robamos, al pasar, un placer clandestino
Que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja.

Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,
En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios,
Y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones
Desciende, río invisible, con sordas quejas.

Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,
Todavía no han bordado con sus placenteros diseños
El canevás banal de nuestros tristes destinos,
Es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada.

Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos,
Los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes,
Los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes
En la jaula infame de nuestros vicios,

¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!
Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos,
Haría complacido de la tierra un despojo
Y en un bostezo tragaríase el mundo:


¡Es el Tedio! — los ojos preñados de involuntario llanto,
Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,
Tú conoces, lector, este monstruo delicado,
—Hipócrita lector, —mi semejante, —¡mi hermano!

martes, 26 de enero de 2016

Tarde enemiga - José Emilio Pacheco


La música, el oleaje de los frágiles sueños,
el epitafio de la tarde, el hosco
acontecer de algún milagro herido,
se vuelven instrumentos del domingo culpable.

Puedo afirmar que vivo
porque he aprendido el límite del aire,
el fugaz desenlace del deshielo.
Porque hoy el mundo amaneció de cobre
y las horas llegaron a su término.

Sobre la paz de este final,
de este río que prosigue para aumentar su muerte,
cada hora es el cadáver de otra hora abolida.

Alejado del tenue resplandor
este día fluye hacia ninguna parte.
Entre la tarde y sus minutos nómadas
el tiempo abre las alas
con mansedumbre y odio de paloma y pantera.

¿Cómo atajar la sombra que nos hiere y nos cava
si nada permanece,
si todo nos fue dado
como tributo o dualidad del polvo?

sábado, 19 de septiembre de 2015

Alta traición - José Emilio Pacheco


No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
     es inasible.
Pero (aunque suene mal)
     daría la vida
por diez lugares suyos,
     cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
     fortalezas,
una ciudad deshecha,
     gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
     montañas
y tres o cuatro ríos.

domingo, 5 de julio de 2015

Límites - Jorge Luis Borges


De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido

a Quién prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?

Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.

Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.

Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano.

Hay, entre todas tus memorias, una
que se ha perdido irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.

No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.

¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino.

Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son lo que me ha querido y olvidado;
espacio y tiempo y Borges ya me dejan.