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jueves, 4 de mayo de 2017

Los caprichos de un mecenas



Ser mecenas no es cosa fácil. Apostarle al arte por el arte mismo sin esperar otra cosa que la satisfacción proveniente de los aplausos al artista es algo incomprensible para la mente mundana.

Ser mecenas de una obra censurada hace 160 años parece necedad, error o pecado. Debe ser el mismísimo Satán empuñando a su antojo los hilos que mueven las voluntades y los caprichos del alma. Alma sutilmente enferma de tedio y decepción por lo vacuo del internet y lo efímero de su expresión. Los caprichos de un mecenas, diría Gómez de Rueda.

La felicidad de los malos saca del subconsciente colectivo los poemas censurados de Baudelaire en Las flores del mal y los traduce, los reinterpreta y sobre todo, los siente (conditio sine qua non para poder transmitir emociones). Pero no solo eso: hace una fiesta de imágenes, sonidos y voces que a la manera del Teatro Pánico los transforma en entes vivos, orgánicos, íntimos y dotados de personalidad propia.


El artista hizo su trabajo. El mecenas el suyo. Al lector le queda la mejor parte: revolcarse en el placer o en el dolor o en el pecado que el arte produce. ¡Revuélquese pues hipócrita lector!  mi semejante, mi hermano.


lunes, 4 de julio de 2016

Las flores del mal - Traducción de José Emilio Pacheco


Sobre Baudelaire: un ensayo y ocho aproximaciones
LAS FLORES DEL MAL Y LAS FLORES DEL MALL
El prodigio de volver a escribir un poema en otra lengua es tan extraordinario como la concepción original. Tomó cincuenta años a José Emilio Pacheco afinar el metro y la rima de los ocho poemas que presentamos a continuación, los cuales forman parte de Les fleurs du mal (1857), libro en el que Charles Baudelaire volcó su capacidad creadora, debatiéndose entre el spleen y el ideal, ante el shock de las máquinas, la multitud amorfa y el instante, para inaugurar, junto con Gustave Flaubert, la era de la literatura moderna.
En 1857, hace siglo y medio, Charles Baudelaire y Gustave Flaubert fueron llevados ante la justicia con pocas semanas de diferencia por la publicación de Les fleurs du mal y Madame Bovary. Habían nacido en el mismo 1821, como Dostoievski, eran amigos y admiraban sus respectivas obras.
La condena de estos dos libros bajo el cargo de inmoralidad señala el comienzo de la literatura moderna. Se discute quién fue el primero en emplear la palabra modernidad, si Edmond de Goncourt en 1857 o el propio Baudelaire dos años después.
El sesquicentenario coincide con la edición definitiva en español del Libro de los paisajes (Akal, Madrid, 2007), la gran obra inconclusa de Walter Benjamin que ha llegado a ser más conocida por su resumen, París, capital del siglo XIX [que JEP tradujo y Librería Madero publicó en una edición no venal en 1971]. Para Benjamin, Las flores del mal, último libro de la poesía europea que tuvo éxito masivo, surgió de la experiencia hostil y enceguecedora en la época de la gran industria: el shock del encuentro con la multitud amorfa que pasa por las calles de la ciudad.
Como ella y como el obrero al servicio de las máquinas, Baudelaire es un hombre despojado de su experiencia: un moderno. Su obligación es comenzar siempre de nuevo. Se debate entre el spleen (lo que entonces llamaban “tedio”, un tedio que no es sinónimo de aburrimiento y en términos contemporáneos sería más bien la depresión) y el ideal que tiene la fuerza de los recuerdos.
El spleen opone al ideal la horda de los segundos. Es el emperador de los segundos, así como el Demonio es el Señor de las Moscas. Expone en toda su desnudez la experiencia vivida. Ningún aliento de prehistoria la circunda, ningún aura. Baudelaire se vuelve contra la multitud. Lo hace con la cólera impotente de quien se lanza contra el viento y la lluvia. Muestra el precio al que se conquista la sensación de la modernidad: la disolución del aura a través de la experiencia del shock.
La desconsolada vida de los habitantes de la gran ciudad a la que transforma el progreso industrial, encarna en el flâneur, el paseante que vaga sin rumbo por las avenidas, los bulevares y los pasajes, primeros malls de la historia, primeros almacenes que aprovechan la misma flânnerie para vender sus mercancías. (Aquí debe pensarse en la distinción que hace Eugenio Montejo: la ciudad moderna de Baudelaire no es la ciudad contemporánea: en aquella aún no existían los automóviles.)
Con el flâneur el intelectual se dirige al mercado. Cree que es para observarlo cuando en realidad es ya para encontrar un comprador. En la fase intermedia, cuando el escritor aún tiene mecenas pero empieza ya a familiarizarse con el mercado, aparece la bohemia. A su imprecisa posición económica corresponde su no menos imprecisa función política. La poesía de Baudelaire se inclina del lado de los asociales y obtiene su fuerza de esta rebeldía.
Las únicas relaciones perdurables que tuvo Baudelaire fueron con Jeanne Duval (la “Vénus Noire”, nacida en Haití) y con Apollonie Sabatier (la “Vénus Blanche”). Apolonia tenía un salón literario sólo frecuentado por hombres, y Theóphile Gautier, el autor de Émaux et cammées a quien Baudelaire dedica Las flores del mal, le dirigió su célebre Lettre á la Présidente que suele circular en series dedicadas a la pornografía. Sin embargo, su amigo el gran fotógrafo Nadar afirma que Baudelaire jamás consumó el acto sexual con ninguna de las dos. Las imágenes de la mujer y de la muerte se mezclan en la poesía de Baudelaire con la imagen de París. El París de Baudelaire es una ciudad hundida y más submarina que subterránea. Allí la modernidad revienta el ideal y lo transforma en spleen.
Para Walter Benjamin, que escribió sobre Baudelaire en la etapa ascendente del nazismo (1933-1940), Las flores del mal son la última obra de poesía lírica que ha tenido resonancia europea: ninguna obra posterior ha trascendido los límites de un círculo lingüístico más o menos limitado. A ello debe añadirse que Baudelaire ha volcado su capacidad creadora casi exclusivamente en este libro. Y no puede negarse que algunos de sus temas vuelven problemática la posibilidad misma de la poesía lírica. (José Emilio Pacheco)
***
Ocho poemas de Charles Baudelaire
Versiones de José Emilio Pacheco
La cabellera
Manantial que se encrespa y llega a la cintura
en perfumes y rizos. El desvelo ha marcado
la región donde brota la cálida ventura.
El recuerdo se duerme sobre este río extasiado
que destella en el aire como un astro incendiado.
Alto país de sombra, pradera calcinada,
orbe oscuro y radiante o sol ennegrecido
en tinieblas y abismos, negra joya aromada:
si el alma de los otros en la música nada
mi corazón inerme en tu pelo ha dormido.
Caminaré hasta el sitio de cuerpos vegetales
donde la savia enciende las feroces pasiones.
Que tus trenzas sean olas, impulsos torrenciales.
Naveguen, mar de ébano, mis sueños las visiones
de mástiles, remeros, negras embarcaciones.
Para mí eres la playa en que el alma ha tomado
las aguas del sonido, el perfume, el color;
en donde los navíos sobre el tapiz salado
del mar sueltan las velas ante un desaforado
cielo oscuro en que vibra un eterno calor.
Dichosamente herido, hundiré la cabeza
en ese océano bruno que al mar ha encarcelado.
y mi espíritu roto, sangrante y destrozado
podrá gozar de nuevo la terrible belleza,
el combate y la dicha del amor recobrado.
Tus cabellos azules, tinieblas desatadas,
me devuelven al cielo que por negro azulea.
Allí en sus confluencias, lianas entrelazadas,
me dominan y anegan las nubes hechizadas
del aceite de coco, el almizcle y la brea.
Amada, eternamente mi mano en esa altiva
región que es tu cabello sembrará mil diamantes
para que mi deseo no rehúses esquiva.
Eres sombra y ensueño y puerto de embriagantes
licores que enardecen nuestra dicha nociva.
El albatros
Por divertirse, a veces, los crueles marineros
derriban un albatros, gran pájaro nevado.
Él sigue desde el cielo los azules senderos
de las naves que surcan el desierto salado.
Inerme, escarnecida, derribada en cubierta
la inmensa ave marina, blanca y avergonzada,
mueve sus tristes alas en una danza muerta,
como inútiles remos de una nave encallada.
Qué triste y desvalido se halla el viajero alado,
tan hermoso y tan ágil cuando reina en el cielo.
Los infames marinos el pico le han quemado
y rengueando se burlan de su inválido vuelo.
El poeta recuerda a ese rey abatido
que tormentas y flechas ha logrado esquivar.
Entre burlas y risas al suelo reducido,
sus alas de gigante le impiden caminar.
Sed non satiata
Extraña diosa bruna, semejante a la noche
y al aroma mezclado de almizcle y de tabaco.
Obra de algún conjuro, engendro demoníaco,
calcinada hechicera, ser de la medianoche.
No quiero opio ni sombras ni brebajes: ansío
el vino de tu boca donde el amor es llama.
hacia ti mis deseos parten en caravana.
Tus ojos son dos pozos en que bebe mi hastío.
En esos grandes ojos que anhela quien te ama,
oh demonio insaciable, me devora tu llama,
el fuego que robaste al cielo y el infierno.
Si este placer prohibido tiene un castigo eterno,
es un precio que vale la dicha de tenerte
y fundir en tu abrazo el amor y la muerte.
El vampiro
Tú, como una puñalada,
entraste en mi corazón,
eemejante a una legión
que se agita endemoniada.
En mi espíritu humillado
fincaste tu residencia.
Y me oprime tu presencia
como cadena al forzado.
Como al tahúr la baraja,
como al ebrio una botella;
gusano que al muerto mella
y maldición que lo ultraja.
Rogué a un veneno mortal
que de ti me separara,
y también que te matara
le supliqué a mi puñal.
Los dos, en complicidad,
mi petición rechazaron:
“No mereces”, afirmaron,
“el goce de libertad”.
“Pues si muerta la encontraras,
inerte y ya sin respiro,
a besos resucitaras
su cadáver de vampiro.”
Los gatos
Los amantes ardientes y los sabios austeros
aman del mismo modo, cuando la edad declina,
al gato fuerte y dulce, maravilla felina,
que en la sala se esconde de los fríos traicioneros.
Amigos de la ciencia y la voluptuosidad,
indagan el silencio y el horror de lo oscuro.
Seguirían del Erebo el fúnebre conjuro
si algún amo pudiera vencer su vanidad.
Adoptan mientras duermen las nobles posiciones
de las pétreas esfinges que en la arena desierta
sueñan el sueño insomne de quien nunca despierta.
En sus flancos fecundos duermen constelaciones.
y partículas de oro, haces de magia incierta,
encienden sus pupilas con místicas visiones.
Obsesión
Grandes bosques: me espantan como las catedrales;
como órganos aúllan. El corazón maldito
—cripta de eterno luto y de ecos funerales—
oye su De profundis, su dolor infinito.
Océano, te aborrezco. Tus olas y tumultos
se duplican en mi alma. Y la risa inclemente
del hombre derrotado a quien cercan insultos
suena como la risa del oleaje doliente.
Noche, me encantarías sin tus abominables
astros que con luz hablan una lengua callada.
Porque anhelo el vacío, la oscuridad, la nada;
Y las sombras dibujan los cuadros imborrables
donde habitan los seres de que está hecha mi vida
y me observan ahora desde su eterna huida.
A la que pasa
La avenida estridente en torno de mí aullaba.
Alta, esbelta, de luto, en pena majestuosa,
pasó aquella muchacha. Con su mano fastuosa
casi apartó las puntas del velo que llevaba.
Ágil y ennoblecida por sus piernas de diosa,
me hizo beber crispado, con un gesto demente,
en sus ojos el cielo y el huracán latente,
el dulzor que fascina y el placer que destroza.
Relámpago en tinieblas, fugitiva belleza,
por tu brusca mirada me siento renacido.
¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno olvido?
¿Jamás, lejos, mañana?, pregunto con tristeza.
Nunca estaremos juntos. Ignoro adónde irías.
Sé que te hubiera amado. Tú también lo sabías.
Recogimiento
Cálmate, dolor mío, y tu angustia serena.
Anhelabas la noche. Ya desciende. Aquí está.
Una atmósfera oscura cubre a París. Traerá
a unos cuantos la paz, a otros muchos la pena.
Mientras la muchedumbre que se rinde al placer
—su verdugo inclemente— por las calles anhela
cazar remordimientos bajo la noche en vela,
tú, dolor, ven a mí. Dame la mano al ver
que es posible escaparse de los ya muertos años.
con sus antiguos trajes en el balcón celeste
ya brotan, como salen del mar los desengaños,
cuando el sol, bajo un arco, se muere en lontananza.
ahora, tal un sudario que desciende del este,
observa, mi dolor: la inmensa noche avanza.
Publicado el 12 de enero de 2007 en el suplemento Confabulario de El Universal.
fuente:  http://revistaliterariaazularte.blogspot.mx/2007/12/jos-emilio-pacheco-las-flores-del-mal-y.html

martes, 5 de abril de 2016

Las letanías de Satán - Charles Baudelaire



¡Oh tú!, el más sabio y el más hermoso de los Ángeles,
Dios traicionado por la suerte y privado de alabanzas,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


¡Oh, Príncipe del exilio al cual se ha agraviado,
Y que, vencido, siempre te yergues más fuerte!

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que sabes todo, gran rey de las cosas subterráneas,
Curandero familiar de las angustias humanas,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que, aun a los leprosos, a los parias malditos
Enseñas por el amor el gusto del Paraíso,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


¡Oh, tú, que de la muerte, tu vieja y fuerte amante,
Engendras la Esperanza, —una loca encantadora!

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que infundes al proscripto esa mirada serena y altiva
Que condena todo un pueblo alrededor de un patíbulo,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que sabes en qué rincones de las tierras envidiosas
El Dios celoso oculta las piedras preciosas,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú, cuya clara mirada conoce los profundos arsenales
Donde duerme sepultado el pueblo de los metales,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

Tú, cuya larga mano oculta los precipicios
Al sonámbulo errante en el borde de los edificios,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que, mágicamente, ablandas los viejos huesos
Del borracho retardado hollado por los caballos,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que, para consolar al hombre débil que sufre,
Nos enseñas a mezclar el salitre y el azufre,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que pones tu impronta, ¡oh!, cómplice sutil,
Sobre la frente del Creso implacable y vil,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Tú que pones en los ojos y el corazón de las rameras
El culto de la llaga y el amor de los andrajos,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Báculo de los exiliados, lámpara de los inventores,
Confesor de los ahorcados y de los conspiradores,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


Padre adoptivo de los que en su negra cólera
Del paraíso terrestre arrojó Dios Padre,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!


PLEGARIA



¡Gloria y alabanza a ti, Satán, en las alturas
Del Cielo, donde tú reinas, y en las profundidades
Del Infierno, donde, vencido, sueñas en silencio!
Haz que mi alma un día, bajo el Árbol de la Ciencia,
Cerca de ti repose, a la hora en que sobre tu frente
Como un Templo nuevo sus ramas se desplieguen!

La metamorfosis del vampiro - Charles Baudelaire



La mujer, entretanto, de su boca de fresa,
Retorciéndose cual una serpiente sobre las brasas,
Y estrujando sus pechos en la cárcel de su corsé,
Dejó correr estas palabras impregnadas de almizcle:
—"Yo, yo tengo los labios húmedos, y conozco la ciencia
De perder en el fondo de un lecho la antigua conciencia.
Yo enjugo todas las lágrimas sobre mis senos triunfantes,
Y hago reír a los viejos con risa de niños.
¡Reemplazo, para el que me ve desnuda, y sin velos,
La luna, el sol, el cielo y las estrellas!
Yo soy, mi sabio querido, tan docta en voluptuosidades,
Cuando ahogo un hombre entre mis brazos temidos,
O cuando abandono a sus mordeduras mi busto,
Tímida y libertina, y frágil y robusta,
¡Que sobre estos acolchados, desmayándose de emoción,
Los ángeles impotentes por mí se condenarían!"

Cuando hubo de mis huesos succionado toda la médula,
Y yo lánguidamente me volví hacia ella,
Para devolverle un beso de amor, ya no vi más
Que un odre con los flancos viscosos, ¡todo lleno de pus!
Cerré los dos ojos, en mi frío espanto,
Y cuando los reabrí a la claridad viviente,
A mi vera, en lugar del maniquí pujante
Que parecía haber hecho provisión de sangre,
Temblaban tan confusamente restos de esqueleto,
Que ellos mismos producían el sonido de una veleta
O de una muestra, al extremo del vástago de hierro,

Que balancea el viento durante las noches de invierno.

Bendición - Charles Baudelaire

Cuando, por un decreto de las potencias supremas,
El Poeta aparece en este mundo hastiado,
Su madre espantada y llena de blasfemias
Crispa sus puños hacia Dios, que de ella se apiada:

—"¡Ah! ¡no haber parido todo un nudo de víboras,
Antes que amamantar esta irrisión!
¡Maldita sea la noche de placeres efímeros
En que mi vientre concibió mi expiación!

Puesto que tú me has escogido entre todas las mujeres
Para ser el asco de mi triste marido,
Y como yo no puedo arrojar a las llamas,
Como una esquela de amor, este monstruo esmirriado,

¡Yo haré rebotar tu odio que me agobia
Sobre el instrumento maldito de tus perversidades,
Y he de retorcer tan bien este árbol miserable,
Que no podrán retoñar sus brotes apestados!"

Ella vuelve a tragar la espuma de su odio,
Y, no comprendiendo los designios eternos,
Ella misma prepara en el fondo de la Gehena
Las hogueras consagradas a los crímenes maternos.

Sin embargo, bajo la tutela invisible de un Ángel,
El Niño desheredado se embriaga de sol,
Y en todo cuanto bebe y en todo cuanto come,
Encuentra la ambrosía y el néctar bermejo.

El juega con el viento, conversa con la nube,
Y se embriaga cantando el camino de la cruz;
Y el Espíritu que le sigue en su peregrinaje
Llora al verle alegre cual pájaro de los bosques.

Todos aquellos que él quiere lo observan con temor,
O bien, enardeciéndose con su tranquilidad,
Buscan al que sabrá arrancarle una queja,
Y hacen sobre El el ensayo de su ferocidad.

En el pan y el vino destinados a su boca
Mezclan la ceniza con los impuros escupitajos;
Con hipocresía arrojan lo que él toca,
Y se acusan de haber puesto sus pies sobre sus pasos.

Su mujer va clamando en las plazas públicas:
"Puesto que él me encuentra bastante bella para adorarme,
Yo desempeñaré el cometido de los ídolos antiguos,
Y como ellos yo quiero hacerme redorar;

¡Y me embriagaré de nardo, de incienso, de mirra,
De genuflexiones, de viandas y de vinos,
Para saber si yo puedo de un corazón que me admira
Usurpar riendo los homenajes divinos!

Y, cuando me hastíe de estas farsas impías,
Posaré sobre él mi frágil y fuerte mano;
Y mis uñas, parecidas a garras de arpías,
Sabrán hasta su corazón abrirse un camino.

Como un pájaro muy joven que tiembla y que palpita,
Yo arrancaré ese corazón enrojecido de su seno,
Y, para saciar mi bestia favorita,
Yo se lo arrojaré al suelo con desdén!"

Hacia el Cielo, donde su mirada alcanza un trono espléndido,
El Poeta sereno eleva sus brazos piadosos,
Y los amplios destellos de su espíritu lúcido
Le ocultan el aspecto de los pueblos furiosos:

—"Bendito seas, mi Dios, que dais el sufrimiento
Como divino remedio a nuestras impurezas
Y cual la mejor y la más pura esencia
Que prepara los fuertes para las santas voluptuosidades!

Yo sé que reservarás un lugar para el Poeta
En las filas bienaventuradas de las Santas Legiones,
Y que lo invitarás para la eterna fiesta
De los Tronos, de las Virtudes, de las Dominaciones.

Yo sé que el dolor es la nobleza única
Donde no morderán jamás la tierra y los infiernos,
Y que es menester para trenzar mi corona mística
Imponer todos los tiempos y todos los universos.

Pero las joyas perdidas de la antigua Palmira,
Los metales desconocidos, las perlas del mar,
Por vuestra mano engastados, no serían suficientes
Para esa hermosa Diadema resplandeciente y diáfana;

Porque no será hecho más que de pura luz,
Tomada en el hogar santo de los rayos primitivos,
Y del que los ojos mortales, en su esplendor entero,
No son sino espejos oscurecidos y dolientes!"


Al lector - Charles Baudelaire

La necedad, el error, el pecado, la tacañería,
Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,
Y alimentamos nuestros amables remordimientos,
Como los mendigos nutren su miseria.

Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes;
Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones,
Y entramos alegremente en el camino cenagoso,
Creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas.

Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto
Que mece largamente nuestro espíritu encantado,
Y el rico metal de nuestra voluntad
Está todo vaporizado por este sabio químico.

¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven!
A los objetos repugnantes les encontramos atractivos;
Cada día hacia el Infierno descendemos un paso,
Sin horror, a través de las tinieblas que hieden.

Cual un libertino pobre que besa y muerde
el seno martirizado de una vieja ramera,
Robamos, al pasar, un placer clandestino
Que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja.

Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,
En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios,
Y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones
Desciende, río invisible, con sordas quejas.

Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,
Todavía no han bordado con sus placenteros diseños
El canevás banal de nuestros tristes destinos,
Es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada.

Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos,
Los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes,
Los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes
En la jaula infame de nuestros vicios,

¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!
Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos,
Haría complacido de la tierra un despojo
Y en un bostezo tragaríase el mundo:


¡Es el Tedio! — los ojos preñados de involuntario llanto,
Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,
Tú conoces, lector, este monstruo delicado,
—Hipócrita lector, —mi semejante, —¡mi hermano!

sábado, 19 de septiembre de 2015

Alta traición - José Emilio Pacheco


No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
     es inasible.
Pero (aunque suene mal)
     daría la vida
por diez lugares suyos,
     cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
     fortalezas,
una ciudad deshecha,
     gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
     montañas
y tres o cuatro ríos.

domingo, 5 de julio de 2015

Límites - Jorge Luis Borges


De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido

a Quién prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?

Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.

Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.

Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano.

Hay, entre todas tus memorias, una
que se ha perdido irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.

No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.

¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino.

Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son lo que me ha querido y olvidado;
espacio y tiempo y Borges ya me dejan.

sábado, 4 de julio de 2015

Sólo la muerte - Pablo Neruda

Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel del alma.

Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro,
como un ladrido de perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.

Yo veo, solo, a veces,
ataúdes a vela
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,
con panaderos blancos como ángeles,
con niñas pensativas casadas con notarios,
ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
el río morado,
hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.

Sin embargo sus pasos suenan
y su vestido suena, callado como un árbol.

Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.

Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos;
la muerte está en la escoba,
en la lengua de la muerte buscando muertos,
es la aguja de la muerte buscando hilo.

La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.

sábado, 20 de junio de 2015

El instante - Jorge Luis Borges


                                  
                                     
                                     ¿Dónde estarán los siglos, dónde el sueño
De espadas que los tártaros soñaron,
Dónde los fuertes muros que allanaron,
Dónde el Árbol de Adán y el otro Leño?
El presente está solo. La memoria
Erige el tiempo. Sucesión y engaño
Es la rutina del reloj. El año
No es menos vano que la vana historia.
Entre el alba y la noche hay un abismo
De agonías, de luces, de cuidados;
El rostro que se mira en los gastados
Espejos de la noche no es el mismo.
El hoy fugaz es tenue y es eterno;
Otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.

domingo, 7 de junio de 2015

A las vírgenes - Ramón López Velarde


¡Oh vírgenes rebeldes y sumisas:

convertidme en el fiel reclinatorio

de vuestros codos y vuestras sonrisas

y en la fragua sangrienta del holgorio
en que quieren quemarse vuestras prisas!...



¡Oh botones baldíos en el huerto

de una resignación llena de abrojos:

lloráis un bien que, sin nacer, ha muerto,
y a vuestra pura lápida concierto
los fraternales llantos de mis ojos!...



¡Hermanas mías, todas,

las que, contentas con el limpio daño

de la virginidad, vais en las bodas
celestes, por llevar sobre las finas
y litúrgicas palmas y en el paño
de la eterna Pasión, clavos y espinas;
y vosotras también, las de la hoguera
carnal en la vendimia y el chubasco,
en el invierno y en la primavera;
las del nítido viaje de Damasco
y las que en la renuncia llana y lisa
de la tarde, salís a los balcones
a que beban la brisa
los sexos, cual sañudos escorpiones!



¡El tiempo se desboca; el torbellino

os arrastra al fatal despeñadero

de la Muerte; en las sombras adivino
vuestro desnudo encanto volandero;
y os quisieran ceñir mis manos fieles,
por detener vuestra caída oscura
con un lúbrico lazo de claveles
lazado a cada virginal cintura!



¡Vírgenes fraternales: me consumo

en el álgido, afán de ser el humo

que se alza en vuestro aceite
a hora y a deshora,
y de encarnar vuestro primer deleite
cuando se filtra la modesta aurora,
por la jactancia de la bugambilia,
en las sábanas de vuestra vigilia!

sábado, 30 de mayo de 2015

La luna - Jorge Luis Borges


          Cuenta la historia que en aquel pasado

          Tiempo en que sucedieron tantas cosas
          Reales, imaginarias y dudosas,
          Un hombre concibió el desmesurado
5        Proyecto de cifrar el universo
          En un libro y con ímpetu infinito
          Erigió el alto y arduo manuscrito
          Y limó y declamó el último verso.
          Gracias iba a rendir a la fortuna
10      Cuando al alzar los ojos vio un bruñido
          Disco en el aire y comprendió, aturdido,
          Que se había olvidado de la luna.
          La historia que he narrado aunque fingida,
          Bien puede figurar el maleficio
15      De cuantos ejercemos el oficio
          De cambiar en palabras nuestra vida.
          Siempre se pierde lo esencial. Es una
          Ley de toda palabra sobre el numen.
          No la sabrá eludir este resumen
20      De mi largo comercio con la luna.
          No sé dónde la vi por vez primera,
          Si en el cielo anterior de la doctrina
          Del griego o en la tarde que declina
          Sobre el patio del pozo y de la higuera.
25      Según se sabe, esta mudable vida
          Puede, entre tantas cosas, ser muy bella
          Y hubo así alguna tarde en que con ella
          Te miramos, oh luna compartida.
          Más que las lunas de las noches puedo
30      Recordar las del verso: la hechizada
          Dragon Moon que da horror a la balada
          Y la luna sangrienta de Quevedo.
          De otra luna de sangre y de escarlata
          Habló Juan en su libro de feroces
35      Prodigios y de júbilos atroces;
          Otras más claras lunas hay de plata.
          Pitágoras con sangre (narra una
          Tradición) escribía en un espejo
          Y los hombres leían el reflejo
40      En aquel otro poema que es la luna.
          De hierro hay una selva donde mora
          El alto lobo cuya extraña suerte
          Es derribar la luna y darle muerte
          Cuando enrojezca el mar la última aurora.
45      (Esto el Norte profético lo sabe
          Y también que ese día los abiertos
          Mares del mundo infestará la nave
          Que se hace con las uñas de los muertos.)
          Cuando, en Ginebra o Zürich, la fortuna
50      Quiso que yo también fuera poeta,
          Me impuse, como todos, la secreta
          Obligación de definir la luna.
          Con una suerte de estudiosa pena
          Agotaba modestas variaciones,
55      Bajo el vivo temor de que Lugones
          Ya hubiera usado el ámbar o la arena.
          De lejano marfil, de humo, de fría
          Nieve fueron las lunas que alumbraron
          Versos que ciertamente no lograron
60      El arduo honor de la tipografía.
          Pensaba que el poeta es aquel hombre
          Que, como el rojo Adán del Paraíso,
          Impone a cada cosa su preciso
          Y verdadero y no sabido nombre.
65      Ariosto me enseñó que en la dudosa
          Luna moran los sueños, lo inasible,
          El tiempo que se pierde, lo posible
          O lo imposible, que es la misma cosa.
          De la Diana triforme Apolodoro
70      Me dejó divisar la sombra mágica;
          Hugo me dio una hoz que era de oro,
          Y un irlandés, su negra luna trágica.
          Y, mientras sondeaba aquella mina
          De las lunas de la mitología,
75      Ahí estaba, a la vuelta de la esquina,
          La luna celestial de cada día.
          Sé que entre las palabras, una
          Hay que recordarla o figurarla.
          El secreto, a mi ver, está en usarla
80      Con humildad. Es la palabra luna.
          Yo no me atrevo a macular su pura
          Aparición con una imagen vana;
          La veo indescifrable y cotidiana
          Y más allá de mi literatura.
85      Sé que la luna o la palabra luna
          Es una letra que fue creada para
          La compleja escritura de esa rara
          Cosa que somos, numerosa y una.
          Es uno de los símbolos que al hombre
90      Da el hado o el azar para que un día
          De exaltación gloriosa o agonía
          Pueda escribir su verdadero nombre.