domingo, 26 de enero de 2014

La obra de José Emilio Pacheco

Aquí un recuento con la bibliografía esencial de José Emilio Pacheco (1939-2014), fallecido el día de hoy.

POESÍA
Los elementos de la noche (UNAM, 1973)
El reposo del fuego (Fondo de Cultura Económica, 1966)
No me preguntes cómo pasa el tiempo (Joaquín Mortíz, 1969)
Irás y no volverás (Fondo de Cultura Económica, 1973)
Islas a la deriva (Siglo XXI, 1976)
Ayer es nunca jamás (Caracas, Venezuela, 1978)
Jardín de niños (Multiarte, 1978 Libro-objeto)
Desde entonces (ERA, 1980)
Breve antología (UNAM, 1980)
Tarde o temprano, selección de poemas (Fondo de Cultura Económica, 1980. Reedición en 2010)
Los trabajos del mar (UANL, 1982)
Fin de siglo y otros poemas (Fondo de Cultura Económica, 1984)
Álbum de zoología (Guadalajara, 1985)
Miro la Tierra (ERA, 1986)
Ciudad de la memoria (ERA, 1989)
El silencio de la luna (ERA, 1994)

NARRATIVA
La sangre de Medusa (Cuadernos del Unicornio, 1958)
El viento distante y otros relatos (ERA, 1963)
Morirás lejos (Novela. Joaquín Mortíz, 1967)
El principio del placer (Joaquín Mortíz, 1972)
Las batallas en el desierto (Novela. ERA, 1981)
La sangre de Medusa y otros cuentos marginales (ERA, 1990)

José Emilio Pacheco fue también autor de los guiones cinematográficos El castillo de la pureza (1972) y El santo oficio (1974), escritos en colaboración con el cineasta Arturo Ripstein. En cine, su obra también está en Mariana, Mariana (1987), de Alberto Issac, una versión cinematrográfica de la novela Las batallas en el desierto.
Pacheco fue autor de varias traducciones y adaptaciones de poetas, narradores y dramaturgos extranjeros al español, entre ellos T.S. Elliot, Samuel Beckett y Tennessee Williams. También coordinó varias antologías y es autor de varios prólogos.
Como conferencista de literatura El Colegio Nacional y la UNAM tienen publicados varios de sus ensayos.
Como periodista literario, su trabajo se publicó en suplementos como “La Cultura en México”, de la revista Siempre!, en la Revista de la Universidad de México y en la Revista Mexicana de Literatura. Fue autor de la columna ‘Inventario’, en la sección de Cultura del semanario Proceso. 

(Tomado de Aristegui Noticias)

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Del economista

En el Economic Journal (septiembre de 1924,pp. 173-174), Keynes publicó un artículo obituario en ocasión de la muerte de su maestro Alfred Marshall; ahí Keynes ofreció una síntesis de la obra de Marshall y de las cualidades de un genuino economista:

El estudio de la economía no parece requerir ninguna virtud especializada, de una naturaleza inusualmente elevada. ¿No es, considerada intelectualmente, una ciencia muy fácil comparada con las ramas más altas de la filosofía o de las ciencias puras? Sin embargo, buenos economistas, o incluso competentes, son las aves más raras. ¡Una ciencia fácil en la cual muy pocos alcanzan la excelencia!. La paradoja encuentra su explicación, quizás en que el economista Maestro debe poseer una rara combinación de virtudes. El economista debe alcanzar un estándar elevado en diferentes direcciones y debe combinar talentos que con frecuencia no se encuentran reunidos en la misma persona. Debe ser matemático, historiador, estadista, filósofo –en algún grado. Él tiene que entender símbolos y hablar con palabras. Debe contemplar lo particular en términos de lo general y tocar lo abstracto y lo concreto en el mismo vuelo de pensamiento. Debe estudiar el presente a la luz del pasado para los propósitos del futuro. Ningún aspecto de la naturaleza humana o de sus instituciones debe quedar enteramente al margen de su interés. Debe ser persistente y desinteresado de manera simultánea; soñador e incorruptible como un artista, y sin embargo a veces tan terrenal como un político.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Los Beatles según Gabo

Ha sido una victoria mundial de la poesía. En un siglo en que los vencedores son siempre los que pegan más fuerte, los que sacan más votos, los que meten más goles, los hombres más ricos y las mujeres más bellas, es alentadora la conmoción que ha causado en el mundo entero la muerte de un hombre que no había hecho nada más que cantarle al amor. Es la apoteosis de los que nunca ganan.
Durante 48 horas no se habló de otra cosa. Tres generaciones —la nuestra, la de nuestros hijos y la de nuestros nietos mayores— teníamos por primera vez la impresión de estar viviendo una catástrofe común, y por las mismas razones. Los reporteros de la televisión le preguntaron en la calle a una señora de 80 años cuál era la canción de John Lennon que le gustaba más, y ella contestó como si tuviera quince: La felicidad es una pistola caliente. Un chico que estaba viendo el programa dijo: “A mí me gustan todas”. Mi hijo menor le preguntó a una muchacha de su misma edad por qué habían matado a John Lennon, y ella le contestó como si tuviera ochenta años: “Porque el mundo se está acabando”.
Así es: la única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles. Cada quien por motivos distintos, desde luego, y con un dolor distinto, como ocurre siempre con la poesía. Yo no olvidaré nunca aquel día memorable de 1963, en México, cuando oí por primera vez de un modo consciente una canción de los Beatles. A partir de entonces, descubrí que el universo estaba contaminado por ellos. En nuestra casa de San Ángel, donde apenas si teníamos dónde sentarnos, había sólo dos discos: una selección de preludios de Debussy, y el primer disco de los Beatles. Por toda la ciudad, a toda hora, se escuchaba un grito de muchedumbres: Help, I need somebody. Alguien volvió a plantear por esa época el viejo tema de que los músicos mejores son los de la segunda letra del catálogo: Bach, Beethoven, Brahms y Bartok. Alguien volvió a decir la misma tontería de siempre: que se incluyera a Bosart. Álvaro Mutis, que como todo gran erudito de la música tiene una debilidad irremediable por los ladrillos sinfónicos, insistía en incluir a Bucker. Otro trataba de repetir otra vez la batalla a favor de Berliotz, que yo libraba en contra porque no podía superar la superstición de que es un oiseau de Malheur, es decir, un pájaro de mal agüero. En cambio, me empeñé desde entonces en incluir a los Beatles. Emilio García Riera, que estaba de acuerdo conmigo, y que es un crítico e historiador de cine con una lucidez un poco sobrenatural, sobre todo después del segundo trago, me dijo por esos días: “Oigo a los Beatles con un cierto miedo, porque siento que me voy a acordar de ellos por todo el resto de mi vida”. Es el único caso que conozco de alguien con bastante clarividencia para darse cuenta de que estaba viviendo el nacimiento de sus nostalgias. Uno entraba entonces en el estudio de Carlos Fuentes, y lo encontraba escribiendo a máquina con un solo dedo de una sola mano, como lo ha hecho siempre, en medio de una densa nube de humo y aislado de los horrores del universo con la música de los Beatles a todo volumen.
Como sucede siempre, pensábamos entonces que estábamos muy lejos de ser felices, y ahora pensamos lo contrario. Es la trampa de la nostalgia, que quita de su lugar a los momentos amargos y los pinta de otro color. Y los vuelve a poner donde ya no duelen. Como en los retratos antiguos, que parecen iluminados por el resplandor ilusorio de la felicidad, y en donde sólo vemos con asombro cómo éramos de jóvenes cuando éramos jóvenes, y no sólo los que estábamos allí, sino también la casa y los árboles del fondo, y hasta las sillas en que estábamos sentados. El Che Guevara, conversando con sus hombres alrededor del fuego en las noches vacías de la guerra, dijo alguna vez que la nostalgia empieza por la comida. Es cierto, pero sólo cuando se tiene hambre. En cambio, siempre empieza por la música. En realidad, nuestro pasado personal se aleja de nosotros desde el momento en que nacemos, pero sólo lo sentimos pasar cuando se acaba un disco.
Esta tarde, pensando todo esto frente a una ventana lúgubre donde cae la nieve, con más de cincuenta años encima y todavía sin saber muy bien quién soy, ni qué carajos hago aquí, tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles empezaron a cantar. Todo cambió entonces. Los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el modo de vestir y de amar, y se inició la liberación del sexo y de otras drogas para soñar. Fueron los años fragorosos de la guerra de Vietnam y la rebelión universitaria. Pero sobre todo, fue el duro aprendizaje de una relación distinta entre los padres y los hijos, el principio de un nuevo diálogo entre ellos que había parecido imposible durante siglos.
El símbolo de todo esto —al frente de los Beatles— era John Lennon. Su muerte absurda nos deja un mundo distinto cargado de imágenes hermosas. En Lucy in the sky, una de sus canciones más bellas, queda un caballo de papel periódico con una corbata de espejos. En Eleanor Rigby —con un bajo obstinado de chelos barrocos— queda una muchacha desolada que recoge el arroz en el atrio de una iglesia donde acaba de celebrarse una boda. “¿ De dónde vienen los solitarios?”, se pregunta sin respuesta. Queda también el padre MacKensey escribiendo un sermón que nadie ha de oír, lavándose las manos sobre las tumbas, y una muchacha que se quita el rostro antes de entrar en su casa y lo deja en un frasco junto a la puerta para ponérselo otra vez cuando vuelva a salir. Estas criaturas han hecho decir que John Lennon era un surrealista, que es algo que se dice con demasiada facilidad con todo lo que parece raro, como suelen decirlo de Kafka quienes no lo han sabido leer.

Para otros es el visionario de un mundo mejor. Alguien que nos hizo comprender que los viejos no somos los que tenemos muchos años, sino los que no se subieron a tiempo en el tren de sus hijos.

miércoles, 6 de junio de 2012

El Dragón - Ray Bradbury


La noche soplaba en el pasto escaso del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba, en el alma de los dos hombres, encorvados en el, desierto, junto a la hoguera sotitaria; la oscuridad les latía callada mente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes.

Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.
- ¡No, idiota, nos delatarás!
- ¡Que importa! -dijo el otro hombre-. El dragón puede olernos a kilometros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
- Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos...
- ¿Por que? ¿Por que? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
- ¡Callate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.
- ¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
- ¡Espera, escucha!

Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero solo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos, corno tamboriles de terciopeio negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente, suavemente.
- Ah... -El segundo hombre suspiró-. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien apaga el sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios, escucha! Este dragón dicen que tiene ojos de fuego, y un aliento de gas blanquecino; se lo ve arder a traves de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, que mando el pasta. Las ovejas, aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habránperseguido a este monstruo y habrán tracasado, como fracasare mos también nosotros?
- ¡Suficiente te digo!
- ¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.
- Novecientos años después de Navidad.
- No, no -murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados-. En este páramo no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bos ques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Qué, Dios nos ampare!
- ¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
- ¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados.

Enfundado a medias en el coiselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza.
En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo.

En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde: el inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
- Mira... -murmuró el primer hombre-. Oh, mira, allá...

A kilómetros de distancia, precipitándose, un cantico y un rugido, el dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos, en silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta, y el dragón, rugiendo, se acercó, y se acercó todavía más. La deslumbrante mirada amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro, y en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
- ¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
- ¡Por aquí pasa!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballeros.
- ¡Señor!
- Sí, invoquemos su nombre.

En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso, y un ímpetu demoledor, y la bestia prosiguió su carrera.
- ¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado, y el hombre voló por el aire. El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó, y el hombro negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.
- ¿Viste? - gritó una voz -. ¿No te lo había dicho?
- ¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
- ¿Vas a detenerte?
- Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la carne de gallina. No sé qué siento.
- Pero atropellamos algo.
El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió. Una ráfaga de humo dividió la niebla.
- Llegaremos a Stokely a horario. Más carbon, ¿eh, Fred?

Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entro en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el Norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.

domingo, 20 de mayo de 2012

Guía del autoestopista galáctico - Douglas Adams





En los remotos e inexplorados confines del arcaico extremo occidental de la espiral de la Galaxia, brilla un pequeño y despreciable sol amarillento.

En su órbita, a una distancia de ciento ciencuenta millones de kilómetros, gira un pequeño planeta totalmente insignificante de color azul verdoso cuyos pobladores, descendientes de los simios, son tan asombrosamente primitivos que aún creen que los relojes de lectura directa son de muy buen gusto.

Este planeta tiene, o mejor dicho, tenía el problema siguiente: la mayoría de sus habitantes eran infelices durante casi todo el tiempo. Muchas soluciones se sugirieron a tal problema, pero la mayor parte de ellas se referían principalmente a los movimientos de pequeños trozos de papel verde; cosa estraña, ya que los pequeños trozos de papel verde no eran precisamente los que se sentían infelices...

... Así empieza la novela que salió a la luz como una novela radiofónica en Inglaterra  y que se atribuye al genio de Douglas Adams. Con un humor que excede los confines de la galaxia, Adams nos cuenta cómo a pesar de los avisos de los seres más inteligentes sobre la Tierra, el ser humano y su infinita negligencia ven ante sus ojos el fin de los tiempos. Sólo algunos afortunados viven para contarlo. En un universo tan infinito como burocrático, con un presidente galáctico bicéfalo (y paradójicamente más egocéntrico e ignorante que cualquiera sobre la desaparecida tierra), Arthur Dent y su amigo Ford Prefect se las ingenian para vivir de aventones, entre extraños seres que nos recuerdan algunas especies urbanas sobre la tierra y nos dejan claro que para vivir en este universo sólo requieres de 2 cosas: la guía del autoestopista galáctico y lo más importante de todo, una toalla.

Con una narrativa y un ritmo asombrosos Adams nos deja su legado en una trilogía en cinco partes, de las que la Guía del Autoestopista Galáctico es la primera. Por si semejante alcance pareciera poco, el autor nos enfrenta a la pregunta máxima sobre la vida, el universo y todo lo demás. La respuesta está contenida en las páginas de la novela y seguramente le dejará con la boca abierta.


viernes, 4 de mayo de 2012

De cómo (no) conocí a Monsivais

El 4 de agosto de 1999 es una fecha memorable para las anécdotas futboleras: esa noche en la cancha del Azteca México ganó la Copa Confederaciones con una gran actuación de Cauhtemoc Blanco y, permítaseme decirlo, un gran baile a la selección brasileña.

Horas antes del juego yo me encontraba en la inauguración de una librería financiada por la divertida empresa para la que entonces trabajaba. Entre una serie de personalidades del ámbito académico y cultural asistentes al evento destacaban dos: Homero Aridjis y Carlos Monsivais. Tras cortar el listón, Monsivais improvisó un discurso sobre el mérito de abrir una librería en una época tan difícil y en un país donde la lectura no es un hábito.

Tras la ceremonia tuve la fortuna de estar en el pequeño grupo que se acercó a Monsivais a brindar. Él, siempre lúcido, hablaba y nosotros escuchábamos. Debe ser difícil no tener interlocutor. Me aparté por un rato y volví con la firme convicción de comenzar una conversación inteligente o de al menos darle motivo para deleitarnos con su elocuencia. Mosivais había desaparecido entre el tumulto y la parlotería. Ya no lo encontré.

Dicen que era homosexual. Dicen que adoraba a los gatos. Dicen que era un genio.

jueves, 3 de mayo de 2012

No vine a decir que sí




DE LA VIEJA GUARDIA
Yo soy la vieja guardia
aunque no viví sus glorias
yo comencé a oír la radio
cuando ya se había hecho historia.

Cuando las bandas de pop
se llevaban ovaciones
de las que aún resuenan a ecos
en las viejas grabaciones.

Y me enterneció el amor
en una noche serena
en mi escondite añorado
que un día fue el autocinema.

Yo conozco mil historias
de la calle y sus rumores
de los pleitos de banquera
con merecidos honores.

Y miré algunos mayores
crecer bajo su leyenda
en las riñas de pandillas
con navajas y cadenas

Y después de aquel arrojo
se convertía en delincuencia
más de un bravo conocido
saboreó las consecuencias
que hace la ley de los puños
y fumar la hierbabuena.

Para saltar la alambrada
para brincar esta cerca
y ese asalto a mano armada
Que jamás valía la pena
a veces creo que mi entorno
fue el que me hizo observador
aprendía del error de otros
y tampoco fui mejor.

Siempre estoy necesitando
un sueño en que sobrevivir
como si fuera el muchacho
que no para de reír.

Cuando volaba a la avenida
bajando en mi bicicleta
como sí en la esquina nunca
me esperara una sorpresa.

Siempre fue cuestión de suerte
y hoy tampoco sé en que acaba
la vida de los que entienden
de contar casos que pasan.

Hoy no vuelo en mi manubrio
hoy mi guitarra me eleva
y me hace ocupar las dos manos
no hago otra cosa con ellas
que aferrarme a esta guitarra
como el fulgor a su estrella
como el soldado al fusil
y en noches como la de hoy
como un borracho a su botella.

Yo soy de la vieja guardia
de la canción de protesta
de los conciertos de pop
con una guitarra vieja.

viernes, 20 de abril de 2012

El reloj - Charles Baudelaire

  Los chinos ven la hora en los ojos de los gatos. Cierto día, un misionero que se paseaba por un arrabal de Nankin advirtió que se le había olvidado el reloj, y le preguntó a un chiquillo qué hora era.
     El chicuelo del Celeste Imperio vaciló al pronto; luego, volviendo sobre sí, contestó: «Voy a decírselo.» Pocos instantes después presentose de nuevo, trayendo un gatazo, y mirándole, como suele decirse, a lo blanco de los ojos, afirmó, sin titubear: «Todavía no son las doce en punto.» Y así era en verdad.
     Yo, si me inclino hacia la hermosa felina, la bien nombrada, que es a un tiempo mismo honor de su sexo, orgullo de mi corazón y perfume de mi espíritu, ya sea de noche, ya de día, en luz o en sombra opaca, en el fondo de sus ojos adorables veo siempre con claridad la hora, siempre la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos ni segundos, una hora inmóvil que no está marcada en los relojes, y es, sin embargo, leve como un suspiro, rápida como una ojeada.

     Si algún importuno viniera a molestarme mientras la mirada mía reposa en tan deliciosa esfera; si algún genio malo e intolerante, si algún Demonio del contratiempo viniese a decirme: «¿Qué miras con tal cuidado? ¿Qué buscas en los ojos de esa criatura? ¿Ves en ellos la hora, mortal pródigo y holgazán?» Yo, sin vacilar, contestaría: «Sí; veo en ellos la hora. ¡Es la Eternidad!»

jueves, 12 de abril de 2012

Yo soy la morsa


 Siempre le gustaron las librerías de viejo. El inconfundible olor a guardado y el singular caos que guardan hacían que su mente enfrentara los conceptos fundamentales del universo ordenado y sistemático de la Biblioteca de Babel. No sólo le movía la infinita emoción que le generaba hurgar en cada pila, sino la certeza de que en alguna de ellas el caótico cosmos le entregaría en sus manos el libro de todos los libros, el cuento de todos los cuentos.

Aquella noche el Señor Mostaza despertó de cara a un libro. Sin saber siquiera donde estaba, volteó la mirada hacia donde el reloj marcaba las nueve con veinte. -He perdido mucho tiempo-, se reclamó a sí mismo. Buscaba desde hacía varios días un Tratado Fundamental de Budismo, una edición extraña (de un autor aún más) que el encargado juraba haber recibido meses atrás.

Habían pasado muchas noches desde que Niebla le hizo pensar que los personajes de las novelas conviven con los llamados seres reales cuando en algún febril momento la realidad se funde con la fantasía. Mostaza se divertía pensando que, en todo caso, no se puede saber quien es más real, si Augusto Pérez o Unamuno o si Juan Dahlmann o Borges. Esa noche estaba dispuesto a comprenderlo: el ki y la posibilidad de que un hombre sea todos los hombres a la vez (“I am he as you are he as you are me and we are all together...”)

Pasó la noche concentrado en su búsqueda frenética. Encontró el ki en el Tratado Fundamental de Budismo. Encontró que en Uqbar todos los cuentos son un solo cuento contado de mil y una formas. Supo por El Inmortal que Borges pudo ser Homero y que cualquier ciego puede ser Borges. Convencido de que el cosmos no podía engañarle y de que era posible cruzar el umbral de la realidad, tomó asiento, abrazó el libro que le había desvelado y repitió para sí: yo soy la morsa, yo soy la morsa, yo soy la morsa...