martes, 8 de diciembre de 2020

Por los caminos de John



 John Winston Lennon (1940-1980)

INVENTARIO: THE DREAM IS OVER. POR LOS CAMINOS DE JOHN
Por José Emilio Pacheco
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Poema anónimo mexicano (octubre de 1966): "...despidamos el radiante estruendo de la música (muy pronto sonará contra nuestra nostalgia)..."
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Diario de un joven de los sesenta: 1967, 25 de junio, domingo: "Vi el primer programa de televisión que se trasmite por satélite a todo el planeta. Los Beatles cantan 'All you need is love'. El videoteip se guardará como una cápsula del tiempo y volverá a pasar el año 2000. Si uno vive para entonces, será intolerablemente doloroso ver a los Beatles y escuchar esa canción treinta y tres años después."
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Lennon encarna los sesenta como Scott Fitzgerald simboliza los veinte. Ambos han muerto casi a la misma edad y a la exacta distancia de cuarenta años. En una nota agregada a 'Enemies of Promise' escribió Cyril Connolly: "Sea cual fuere su situación como escritor, ahora se encuentra firmemente establecido como un mito, una versión norteamericana del Dios Agonizante, un Adonis de las letras que nació con el siglo, floreció en los veintes, en la Era del Jazz que expresa perfectamente y casi fue su creación: luego se marchitó durante los treintas para expirar —como debe morir una deidad de la primavera y el verano— el 21 de diciembre de 1940, en el solsticio de invierno y en el fin de una época."
4
El grafiti en una pared de Coyoacán durante el 68 mexicano:
"Cronopio: mezcla de Beatle y Che Guevara."
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O el otro grafiti en una esquina del bulevar Sebastopol en el París de 1968:
"Vladimir Illitch Lennon."
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Entre quienes cronológica y estrictamente pertenecen a su generación, a diferencia de los seguidores jóvenes de su obra, tres actitudes ante el absurdo camusiano de su muerte: Unos se quedaron fijados en los sesenta, son lamentables adolescentes de casi medio siglo y desde las primeras horas del martes se encerraron a escuchar (con el acompañamiento respectivo) los viejos discos, las antiguas cassetes hasta que se vuelvan polvo y ceniza como Lennon. Otros (el patetismo de sus rostros en la televisión) salieron a las calles para llorar por él, por su propia juventud abolida, por lo que no volverá jamás, por el mundo aplastado antes de llegar a ser, "la pérdida del reino que estaba para mí". Algunos se mostraron indiferentes: "Sí, claro, su música me gustó en mi adolescencia, cómo no. Pero en fin, ahora ya qué importa. Tengo muchas cosas en qué pensar y ya ni me acordaba. Un drogadicto, un exhibicionista. Tenía que acabar así".
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Nadie, ni siquiera Shakespeare ni el Departamento de Estado norteamericano, hizo tanto como él por la difusión del inglés. Millones lo aprendieron en sus discos. Otros memorizaron sus letras sin saber lo que significan. Para ellos y ellas son simplemente otra forma de música, verdaderos poemas sin palabras.
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La poesía de Lennon, indesligable de sus canciones, resulta intraducible. Sus dos libros, 'In his own write', 'A spaniard in the works', son brillantísimo popnonsense que se resiste aun a la más ingeniosa de las paráfrasis. ¿Cómo hallar equivalentes para "He bad inmigrateful from his little white slum in Barcelover", por ejemplo? Y lo mismo sucede con las letras. Así como en los dibujos que ilustran los libros hay una sorprendente influencia de James Thurber, en sus poemas la lírica beat estadounidense se esparció por la "aldea global". Pero en sus letras manejó tantos estilos como en su música. Existe una hermenéutica de Lennon, cabalistas que pretenden haber llegado al sentido último, al mensaje cifrado.
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Uno de sus intérpretes: Charles Manson.
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En 1944 Edmund Wilson escribió que la invención de la luz eléctrica había terminado con los cuentos de terror. En 1958 el adolescente Carlos Monsiváis dijo que el terror ya no surgía de los cementerios sino brotaba de las noticias. En 1967, el año cumbre de los Beatles, el momento en que el rock llegó a la apoteosis no alcanzada antes ni igualada después con el elepé 'Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band', Ira Levin, un joven novelista sin mayores pretensiones literarias, descubrió en la modernización diabolizante y preapocalíptica del viejo terror una mina que sigue hasta nuestros días llenando de oro a los mercaderes. Levin escribió una novela, Rosemary's Baby. Transcurre en el edificio "Bramford". Todos los neoyorquinos identificaron el "Bramford" con el "Dakota" frente a Central Park. Contratado para filmar la película que se llamó en español La semilla del diablo, Roman Polansky la rodó en el "Dakota".
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Como Mark Chapman —que tenía 13 años en 1968 y nació en 1955 durante el apogeo de Elvis Presley— Charles Manson pretendió ser estrella del rock. Al fracasar quiso convertirse en algo más, en Anticristo del popapocalipsis y creyó que los Beatles le transmitían mensajes en clave. Los cuatro ángeles de rostro de hombre y cabellos de mujer de que habla San Juan eran los Beatles; el fuego, humo y azufre que salía de sus bocas, sus canciones; sus corazas de hierro, sus guitarras. "Y fueron desatados los cuatro ángeles que estaban preparados para la hora, día, mes y año, a fin de matar a la tercera parte de los hombres". Es decir, interpretó Manson, a los blancos.
En 'White album'. el disco que los Beatles publicaron en diciembre de 1968, Manson creyó ver una orden dirigida personalmente a él, sobre todo canciones como "Sexy Sadie", "Blackbird", "Piggies", "Revolution" (1 y 9) y "Helter Skelter". Como se recordará, esta última expresión idiomática que puede traducirse "con prisa desordenada" o tal vez con el lacónico mexicanismo "relajo", fue escrita con sangre en las paredes de la casa de Sharon Tate, la esposa de Polanski, a manera de rúbrica de la espantosa matanza. Al día siguiente de la llegada a la Luna, el sueño empezaba a agriarse con un crimen atroz en que no tienen culpa los Beatles en general ni Lennon en particular. Sin embargo, un novelista terrorífico difícilmente habría ideado simetrías más escalofriantes entre el asesinato de agosto de 1969 y el de diciembre de 1980. En el centro del drama se yergue, más ominoso aun que en la película de Polanski, el sombrío edificio "Dakota".
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Nadie es excepción de nada. Todos estamos en peligro de todo.
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"Sociedad del espectáculo". La religión electrónica e impresa erige dioses fugaces hechos de ondas y de papel. Nos fascinan y a la vez nos oprimen: nos exaltan y humillan; compensan nuestras infinitas frustraciones y las ahondan. Qué tragedia no tener el cuerpo de Bo Derek o la cara de Robert Redford o el talento incomparable, el aura mágica, los millones y millones de John Lennon (quien por su inmensa fortuna califica entre "the mighty British" en la nomenclatura de Town and Country). Tanto brillo, tanto éxito, tanto dinero, tanta fama representan una invitación constante a la locura del antihéroe, nuestro contemporáneo; a la paranoia del iconoclasta en el sentido original del término. Diabolismo del pobrediablismo: Si no puedo hacer, destruyo. Si no puedo ser, hago que otro deje de ser. Así me vuelvo más fuerte que los fuertes. Gracias a la democratización de la pistola, soy como Dios: tengo poderes de vida y muerte. Eróstrato, grabo mi nombre en la historia; o al menos soy famoso —soy como ellos, soy uno de ellos— durante quince minutos. No hay muralla, no hay guardias que puedan contra mí, contra Abbadón, el ángel exterminador, el ángel de la muerte. 'Apocalypse now', 'Helter Skelter'. Quemo lo que he adorado. Al inmolarlo me inmolo en su hoguera. Me enciende su gloria. Ahora ya nadie podrá separar mi nombre del suyo.
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Poema anónimo mexicano (agosto de 1970). The dream is over: "Se acabó el elepé. / Hoy recomienza/ la pesadilla de la historia."
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'Proceso', No. 215, 15 de diciembre de 1980.

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